"Tan humano como la contradicción"

por Fausto Lipomedes  -  12 Mayo 2009, 13:14  -  #Cosas de todos los días

Creo que padezco claustrofobia. No soporto lo hermético de ciertos lugares. Pero no sólo padezco claustrofobia física, sino también anímica. Me resultan rechinantes las conductas férreas, la inflexibilidad y la sinrazón de algunas posturas aprendidas que no sentidas.

Los espacios herméticos no dejan huecos ni espacios. Falta el aire, no hay oxígeno, y es impensable que en ese ambiente brote algo. Lo hermético se construye con elementos artificiales, pues la tierra no permite su creación. La tierra es porosa, por ella circula aire, en ella penetra agua, en ella anida y germina la vida. Si nos fijáramos en la naturaleza podríamos aprender muchas cosas, entre ellas que es inviable ser hermético, o simplemente pensar siempre lo mismo.

Hay multitud de factores, de incidentes, de circunstancias que pueden provocar, dudas, que exigen replanteamientos o incuso cambios de posición, aunque sólo sean temporales, porque nuevos factores, incidentes y circunstancias, nos pueden volver a hacer cambiar de opinión.

También puede modificar nuestro criterio el cambio de ubicación, un nuevo entorno.  Hay lugares que nos pueden infundir más libertad, hay lugares donde nos sentimos más guardados, refugiados o escondidos. Hay otros más perversos, agresivos, que te exigen convertirte en una especie de personaje de videojuego, superando pruebas, trampas, acertijos. 

Hay influencia de amigos, hay consejos, hay doctrina, hay cariño, hay recelos, hay envidia, a veces simples ganas de mandar, de disponer de súbditos a los que organizar, dirigir, censurar, destacar o humillar frente a los demás. Entiendo el maremagnum de influencias, de elementos que impactan en nuestro cerebro capaces de modificar nuestro pensamiento y, consecuentemente nuestros sentimientos, nuestra conducta y nuestro comportamiento. 

De la naturaleza somos los seres más inestables. Núnca seríamos árboles porque núnca decidiríamos ser cerezo, castaño o roble para siglos de una posible existencia. Somos un soplo en el tiempo, vivimos por un un brevísimo espacio y, sin embargo, cuantas cosas somos, dejamos de ser, o queremos ser a toda costa.

Ni siquiera somos similares a aquello que construimos. No somos torres inamovibles, tampoco faros ni dolmenes, ni mucho menos monolitos o columnas de victoria. Somos flexibles, maleables, blandos. Si presumes de rígido, como máximo sólo eres dúctil. Si te comportas como un ser inamovible e inquebrantable, simplemente es mentira. Tarde o temprano sale esa esencia humana, innata a nuestra especie, de continua duda, de constante debate, de permanente equilibrio entre el bien y el mal, mi egoísmo o mi generosidad, mi interés o el general, mi suerte o mi mala suerte, mi futuro o mi presente, mi seguridad o mi riesgo.   


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