Una tarde de hierba

por Fausto Lipomedes  -  10 Abril 2009, 22:40  -  #Cosas de todos los días



Dia de lluvia. Ha empezado sobre las seis y aún sigue. Después de un día tan apocalíptico como ayer, hoy había que reconciliarse con la naturaleza. 

Anoche me meti en la cama, lugar en el que leo siempre un rato.  Y eso hice. Pero antes de acabar de leer, ya sabía que iba a volver a levantarme. Ignoro porque, pero me sentía desconcentrado, o al menos sin la concentración suficiente como para poder dormirme. El resultado es que estuve trabajando toda la noche en un documento complicado. No, ni siquiera complicado, simplemente requería concentración, y como no la tenía, me costó más de lo necesario Me dieron las siete de la mañana, y me fui a la cama con el resplandor del amanecer. 

Ayer el mundo se acababa y hoy. mi hijo y yo, lo hemos dedicado a cuidarlo un poco, o más bien a protegernos de la invasora incansable que es la madre naturaleza.  

La mañana ha sido corta, y más larga la tarde. La hemos pasado cortando hierba y arrancando plantas de aspecto marciano que llegan a asustar por su grandiosidad. Ha sido una tarde de silencio, disfrutando de ese olor fresco que desprende la hierba cortada y observando el cielo. 



Llueve a lo lejos, pero la tormenta se desplaza despacio. Toda la concentración de la que no disponía para las tareas abstractas se han convertido en concentración en estas tareas manuales. Jugamos una partida contra la tormenta. Calculamos la velocidad de desplazamiento de la masa de nubes, las ráfagas de aire que la empujan y en qué dirección. Los dos nos afanamos en nuestras tareas,  a fin de que nos de tiempo acabar con el trabajo que nos hemos propuesto. Hago mis cálculos y no soy astrónomo, no soy meteorólogo, tampoco científico, ni pastor, pero la magia de pisar la tierra con el cielo sobre tu cabeza es la de recuperar, aunque sólo sea remotamente, esa especie de comunión, de comprensión, quizás de comunicación con la naturaleza. 

Lo bueno de un día de hierba no es sólo el olor. Va mucho más alla. Mientras la disfrutas te haces preguntas. Admiras su aparente simpleza y a la vez su tremenda complicación. Observas su aleatoriedad y a la vez el orden casi marcial de su distribución. Admiras su fuerza, su vigor, su cabezonería a veces. Hay matemáticos que han intentado encontrar fórmulas que expliquen este ordenado caos. La respiras, la hueles, la pisas, te tumbas, descansas, y te resulta ajena, tanto como tu a ella. La hierba, para nosotros uno de los elementos más básicos de la naturaleza. Nunca la miramos, sólo percibimos su color, un tono reflejo, un pensamiento impulsivo al imaginar el campo, el aire libre, al dibujar un paisaje infantil o adulto. 

Ha llegado la lluvía. Nos empuja dentro de casa. Nos guarecemos resoplando. Imagino la hierba impávida, empapada, pero creciendo.  Su olor se ha metido en mi membrana pituitaria- Me ducho, me enjabono, me tomo un cafe, y aun sigue ahi, adentrado en mi cerebro. Tarde de hierba, tarde simple, imposible de ser complicada, tardes de niñez, tarde de ocio, de libertad, tardes de verano, jugar con un tallo en los dientes tumbado sobre la hierba, mirar como navegan las nubes, un revolcón sobre al hierba, una merienda, la paella, eterno color en la base de los dibujos infantiles, el color del que arrancan árboles, flores, casas, sobre el que viven vacas y animales.  

La lluvia ha traido una serpiente de plata.

 
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: