No perdamos el domingo

por Fausto Lipomedes  -  5 Abril 2009, 12:31  -  #Cosas de todos los días



El domingo parece haber pactado con abril darnos un día radiante.  Un Sol,  aún amigable, baña todo con una luz blanca que obliga a entrecerrar los ojos. Hoy es uno de esos días de inflexión en que, por vez primera, dejas las puertas y las ventanas abiertas al exterior. En medio del oceano de tibieza tranquilo que dormita dentro del hogar circulan corrientes de frescor. Dentro de ellas llegan montones de ruidos de la vida que, una vez más, vuelve a nacer. 

Los domingos tienen la magia del ruido tranquilo. Entran en casa ladridos de perros remotos, el canto de montones de aves que no paran de revolotear, nerviosas, excitadas, únicamente preocupadas por engendrar. Se cuelan también aromas nuevos, dulzones y ligeros que acabarán siendo pegajosos y espesos. También trae el vacio de ruidos del domingo los ecos de conversaciones. El privado invierno muere y nace el público estío. 

También , claro y preciso, el sonido de una aeronave rasgando el cielo, y no faltan los coches, pero se oyen más los neumáticos rodando sobre el asfalto que el empuje de sus motores. En domingo, parece que vamos más tranquilos. El domingo es un día de bostezos, de rascadas de cabeza, de pijamas arrugados y desayunos tardíos. La pereza se adueña de los cuerpos. El domingo es como un día perdido, un día de pacto implícito con el destino en el que nada parece tener que ocurrir. El domingo no hay noticias, el domingo es un día paréntesis de unión o de aislamiento.  El domingo parece que descansamos de nosotros mismos. El domingo es el día en que las cosas frágiles, las que se come el ruido laborable, aprovechan para gritar, ¡eh! Yo también existo. 


El domingo es como una sombra ligera sobre un duro cemento. El domingo simplemente lo dejamos pasar balanceándonos en la brisa de los apetitos. Pasa el domingo sin que en él hayamos impuesto ninguna voluntad. Nos dejamos arrastrar, sin oposición alguna, por nuestros hijos, padres y abuelos. El domingo comemos paellas, gambas y cocidos.
 
Domingo, día sin identidad en el que casi  todos formamos parte de algo. Día de pacto familiar. El domingo, el día más triste de los amantes, día nervioso para los avariciosos, día de tensión para los infelices, día de reflexión y perdón  divino para los píos. El domingo día sin copas ni cópula, sólo de aperitivos, eructos y paseo con los que se supone son los míos.
 

El domingo, día vacío en el que se interrumpe nuestro camino, sea acertado, errático o dubitativo.   El domingo, día de deseos reprimidos, de lo que quería ser y no he sido. O peor aún, de que quiero ser y no soy. Domingo de infinita tristeza, como bien dice en su obra "Domingo" la artista Rocío Aguado. Domingo, día en el que se desdibuja un poco nuestra vida hasta sólo quedar contornos de ella. Domingo, día de copa de vino, de perder un poco la cabeza, día de claudicación, día de evasión para unos, para otros de invasión. 





















Cuando muere el domingo sólo existen dos especies en el mundo. La infeliz, ansiosa porque llegue el  lunes con su máquina demoledora, y la feliz, que como los niños,  no quieren volver al cole. Busquemos la tercera, la del equilibrio.  Elijamos un sólo día,  multipliquémsolo por siete, y seamos mediana, completa, suficiente o razonablemente felices. No seamos tontos, no perdamos un día, no perdamos el domingo.   
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