Ir al centro

por Fausto Lipomedes  -  26 Marzo 2009, 14:16  -  #Cosas de todos los días

Hoy es y será un día tranquilo. He tenido una reunión temprana en el antiguo Madrid, el que fuera centro financiero y de poder hasta los años ochenta del pasado siglo. ¡Joder!, como pasa el tiempo. 
Hace una mañana radiante. El ambiente aún no está cargado. Paseo por la antigua ciudad provinciana. La gran urbe que era capaz de convivir con la naturaleza. Voy tranquilo, oliendo el aroma de café y churros de viejos bares y vetustas cafeterías, las de toda la vida. 

El ambiente es fresco. Las callejas estrechas no dejan llegar el Sol hasta el suelo. Se cuelan sólo algunos rayos que iluminan franjas estrechas de espacio. 

Sin darte cuenta recuerdas los años en que pateabas estos barrios de manera habitual. Los que vivíamos en la periferia denominábamos venir hasta aquí "ir al centro".  Por aquel entonces no podíamos pensar que alguna vez esta zona se convertiría en vieja.

Todo era más comedido, me parece que también más sencillo. Los zapatos duraban más y en los armarios había menos ropa, pero de mayor calidad. No se perdía tanto tiempo en elegir combinaciones o en diseñarlas, simplemente uno se vestía. Todo era más perezoso.  Las tendencias, los estilos avanzaban más lentos, daba tiempo a desearlos, a asimilarlos, y una vez asimilados, degustarlos. No se si eran mejores tiempos que ahora, en todo caso los recuerdo más lógicos, más cercanos a un ser humano.

 Sigo andando, llevo tiempo, más del que suponía sobrante, antes de mi reunión. Será el destino, no creo que la casualidad, que me deja un remanso para el recuerdo. 


Al cruzar frente al Casino mi cabeza se va aún más atrás. Mágico cerebro, lleno de enchufes, clavijas y botones de distintos colores. Es fascinante presionarlos al azar y ver que ocurre.

Recuerdo a un abuelo, un hombre alto, o quizás es que su nieto era demasiado pequeño y su recuerdo de él siempre era desde abajo. Un hombre bueno, ese era un recuerdo que no estaba deformado. Un día el abuelo iba a comer al Casino. Debía de pertenecer a alguna asociación, o a algún club de vaya usted a saber qué. El nieto se emperró en ir con él, le dio la lata. El le decía que no, que era un lugar para mayores. El nieto insistió, le mareó con su encabezonamiento en acompañarlo. Tal fue la campaña del nieto que el abuelo accedió a llevarlo.

El niño se sentía ganador de aquella batalla, y llegado el día, orgulloso, con sus pantalones cortos, se encaminó al edificio de la mano de su abuelo. No entraron por la puerta principal, sino por una pequeña, de acceso a las cocinas. El abuelo dijo al niño que como aquel era un lugar para mayores, nadie le podía ver.

El abuelo y el nieto, desde las cocinas, accedieron al salón donde se celebraba la comida. Era un salón enorme, lleno de mesas redondas para ocho comensales, perfectamente acicaladas y con largos manteles blancos hasta el suelo. El abuelo sentó al nieto en una de las mesas.  Le cubrió las piernas con el mantel y le dijo que no se moviera, que no se quitara el mantel, ya que si descubrían sus piernas se darían cuenta de que era un niño, y no dudarían en echarlo de allí. 

El abuelo se marchó, su nieto le vio detenerse junto a otro hombre que en ese momento apareció en el salón, vestido completamente de blanco y con una pajarita negra. Algo le hubo de decir al oído que le le hizo sonreír. El niño, era una especie de mota negra en ese salón inmaculado, blanco, con reflejos del cristal y los cubiertos de plata. 

Empezó a llegar gente, el salón se fue llenado de conversaciones, y las personas fueron ocupando sitios en las mesas. El niño estaba angustiado, pensando que en cualquier momento le descubrirían. Miraba inquieto buscando a su abuelo. Llegó gente a su mesa, se presentaron. El niño decía hola. Los hombres le daban la mano, las mujeres se acercaban a darle un beso. Se fueron sentando.

Por fin apareció su abuelo. Entraba en el salón charlando con otras dos personas, pero dejó de prestarles atención para mirar a su nieto, lejos, en el otro extremo de la sala. Le dedicó una sonrisa y le guiñó un ojo. El nieto saludó con la mano y por fin se sintió salvado. Pero el abuelo se sentó a otra mesa, y la del nieto se completó con siete comensales a los que de nada conocía.

Se resignó el niño a aquella situación. Sus compañeros de mesa le hicieron preguntas, una señora al lado de él le indicaba como usar los cubiertos. Le llenaban la copa de agua, y con cada plato le preguntaban si le gustaba o no, o si quería alguna otra cosa. El niño contestaba a todo, asentía a todo, y sobre todo procuraba que su mantel no se deslizará dejando ver sus piernas.

Cuando acabo la comida, unas cuantas personas hablaron. El niño también recuerda el sueño y los aplausos. Después mucho murmullo, gente moviéndose de una mesa a otra. Otro discurso, un brindis en el que él no participó.

El salón se fue vaciando. Su abuelo se levantó de la mesa para despedirse de personas. Los comensales de la mesa del niño se despidieron de él de la misma forma en que se habían presentado. En el salón sólo quedaron el abuelo y el nieto, a metros de distancia, el abuelo sentado en su mesa, el niño en otra.   El abuelo le dijo, ya no hay nadie, ya te puedes mover. El nieto corrió hacia su abuelo y se abalanzó sobre él. Le abrazó y lloró de alegría de sentirse en su regazo. 

Espero a mi reunión. Es un espacio aséptico dentro de un edificio emblemático. Líneas rectas, únicos caminos, lugares que sólo sirven para una cosa.

 
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