El limbo

por Fausto Lipomedes  -  30 Agosto 2021, 23:24  -  #limbo, #qué, #es

Siempre que acaban las vacaciones se entra en un periodo melancólico que en mi opinión es la consecuencia de una distancia, la que separa lo que en un día nos propusimos ser y lo que somos en realidad. Nos quedamos en ese limbo, atontados. 
Siempre he visualizado el limbo como una habitación con un sillón corrido pegado a las paredes. Es un sillón de fieltro rojo, ligeramente almohadillado, al igual que su respaldo, también corrido. Ambas piezas, en noventa grados una con respecto a la otra, son estrechas. Apenas te cabe el culo donde te sientas y para tu espalda solo encuentras un único punto de apoyo. De hecho, cuando te sientas parece cómodo, pero al cabo de un rato te duelen ambas partes de tu cuerpo, y también la cintura.  Comienzas a adoptar distintas posturas para tratar de encontrar confort, pues sabes que no puedes levantarte y estirar las piernas, pero es prácticamente imposible encontrar ese punto una vez consumido el primer descanso. En realidad nos venden limbos anestésicos, pero hay cierto grado de perversión en él.  
Las paredes del limbo son también rojizas. Están empapeladas con motivos florales en relieves de terciopelo, marean, pues pasas tanto tiempo allí dentro que acabas mirando cómo se repiten los motivos verticalmente una y otra vez y buscas defectos, desórdenes en el diseño o deterioros. Como no los encuentras, pero tú estás convencido de que sí existen, no paras de recorrerlos. La iluminación del limbo corre a cargo de apliques dorados colgados de esas paredes. Están separados entre sí cada dos metros y todos son iguales, más bien pequeños. Tienen un diseño antiguo, lleno de volutas y cabezas de animales rugiendo. Dan muy poca luz por culpa de las tulipas de tela amarillenta o quizás las bombillas sean de un voltaje bajo. 
En realidad el limbo es parecido a una de esas salas de las antiguas casas de citas en las que señores y las señoras no querían verse entre sí mientras esperaban ver desfilar cuerpos y elegir uno. Pero aquí, en el limbo, hay algo más, y es que dentro de la habitación flota una niebla, no muy espesa, pero lo suficiente para que te sea imposible conocer las dimensiones de esa habitación, ni cuanta gente hay dentro de ella. Supones que la estancia debe de ser enorme, pues lo del limbo está muy extendido y muchas personas pasan por él, tarde o temprano. Esa misma capa nebulosa también mitiga los sonidos, pues cuando te remueves en tu asiento buscando comodidad, oyes crujir su madera oscura y el roce de tus ropas, pero sólo escuchas tus ruidos, el de nadie más, y estás convencido de que es imposible mantenerse sentado y sin moverse. Tampoco nadie camina, pues crujirían las tablas, también de madera, que tapizan el suelo. 
Lo que no he conseguido discernir es la temperatura del limbo, pero he notado que no se está a gusto con ella. Supongo que sus diseñadores han decidido aclimatarla a tu cuerpo. Es decir, si eres caluroso, siempre sentirás un poco de calor molesto que te lleve hasta el límite del sudor y el agobio, y si eres friolero, los dedos de tus pies acabarán convertidos en témpanos. 
Al limbo se accede por una puerta que ahora permanece cerrada. Bueno, supongo que se accede por esa puerta pues yo simplemente me desperté y ya estaba aquí. Por las cuatro partes del marco de la puerta se escapa una luz muy brillante que hay al otro lado. Supongo que debe de ser un tribunal divino que trabaja afanosamente con cada caso y toma decisiones sobre el futuro que te aguarda. 
Todos sabemos que esa puerta, por la que no sé si he entrado, se abrirá tarde o temprano e irán llamando a las personas por su nombre y apellidos una a una. Qué ocurre una vez pasas al otro lado, es un misterio. No estás nervioso, no haces cábalas sobre tu porvenir, simplemente esperas básicamente consumido por el aburrimiento. En esta sala de espera, en la que no eres dueño de tu destino, no hay revistas ni ningún elemento, tales como pantallas con publicidad o cuadros en los que recrearse, en las paredes, sólo las filigranas aterciopeladas que tú sigues observando en busca de defectos. Tampoco comes, pues no tienes hambre, por los que no se puede romper la rutina con las tres comidas del día, tal y como ocurre en los aviones durante los vuelos largos. Ni remotamente te entra sueño o el necesario cómo para echar una cabezadita, misión que, dada la estructura del sillón y el respaldo en el que permaneces, se antoja imposible, salvo rotura del cuello y sabes que aquí no te vas a morir. Queda el sexo, pero careces de apetito sexual. Primero porque no hay con quién y la opción de masturbarte no la vislumbras porque estás en un espacio público a pesar de que seas incapaz de ver a nadie. Además, tú no puedes distinguir a persona alguna, pero no estás seguro de que no ocurra lo contrario. Después de todo, estás en el limbo y alguien ha decidido que estés aquí y, por lo tanto, te tutela o dicho con lenguaje más actual y agresivo, te monitoriza. No sé cuanto tiempo llevo en el limbo, pues además de haber perdido mi reloj, no tengo conciencia de cuánto ha transcurrido. Sin embargo, y a pesar de ello, eres consciente de cada momento que transcurre en él y siempre con esa  sensación angustiosa de “no puedo más”, que ocurra algo. 
Sin embargo, nunca vas a hacer nada por salir del limbo, sabes que no puedes hacerlo y la única opción es que alguien te saque, que se abra la puerta, te llamen por tu nombre y, como decía anteriormente, lo que ocurre después, es un misterio. 

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