Diferentes

por Fausto Lipomedes  -  13 Junio 2021, 19:00  -  #variedad, #personalidades, #parques

No hay cosa más extraña que un parque público de la periferia de una gran ciudad un lunes a primera hora de la mañana. Al menos lo es para mí. Y pienso sobre las razones que me llevan a tener esta sensación. No doy con ellas, pero me encuentro descolocado aquí, soy ajeno, aquí y ahora a este paraje ya que requiere quietud de espíritu, tiempo por delante y ganas de estar en él. Pero ahora debería estar haciendo cosas, me digo, qué es lo que llevo haciendo ya durante tantos años, y estar aquí representa un parón, un frenazo a destiempo.  
Por ciertas circunstancias de la vida, me encuentro en uno de esos parques, y estoy perdido y desorientado, sin saber muy bien cómo moverme dentro de él o que caminito tomar, pues huyo de las grandes avenidas asfaltadas que lo delinean, lo atraviesan o lo dividen. Me he metido en él sin darme cuenta o he sido consciente de ello llamado por su silencio. 
Sólo tengo que hacer tiempo, espero a que me avisen y tengo la sensación de que no debería de estar aquí, sino en otra parte. 
Después de andar un buen rato he acabado sentado en un banco de madera, concretamente sobre el respaldo del banco y con los pies apoyados en el asiento, donde debería estar mi culo, pero es que no quiero apoyar los pies en el suelo. Allí, me he fumado un pitillo preguntándome ¿qué haces aquí? He supuesto quién puede estar en un parque público un lunes a primera hora de la mañana, y me vienen a la cabeza montón de personajes, hasta algún huido de las fuerzas del orden que viva y duerma dentro de él. 
Al final, he supuesto que la gente que hay en un parque público un lunes por la mañana, en la mayoría de los casos, desearía estar en otra parte. Un parque público es uno de esos lugares construidos para ciertas horas, de ciertos días apropiados y, sin duda, salvo los jubilados, aquí no debería de haber nadie hoy lunes. 
Desde el banco decido fijarme en las personas que hay por el lugar, y me doy cuenta de que la mayoría de ellas están unidas por un patrón muy común, el deporte. Pero me resulta un poco grotesco, más aún en verano, con esas ropas deportivas talla XL llenas de franjas y anagramas de colorines; metros de telas hechas al tuntún para tapar barrigas, culos y caderas enormes. Esforzados ciudadanos, ya entrados en años que, como yo, se lanzan a correr aunque sus pies sean incapaces de aguantar sus corpachones. Pandillas de jubilados que andan rápidos, todos ellos con la tez blanquecina por falta de sol o porque los organismos, con los años, van perdiendo el color. Hasta una china en la cincuentena, y que por su obesidad deduzco que lleva muchos años en este país, cruza ahora delante mía, corriendo, apenas pudiendo respirar, con el rostro congestionado. 
Las palomas gorjean sobre mi cabeza y espero una cagada. Miro hacia arriba y las veo revolotear en la copa de un pino. De vez en cuando se dejan caer hasta la hierba seca, llena de porquerías que rodea a un lago artificial, no con menos residuos de todo tipo. Otra cincuentona con su pelo blanco y unos pantalones de deportista de élite tipo malla, ceñidos a sus carnes ya desbordantes, perros, decenas de perros que van dejando sus orines y sus heces en rincones amarillos y, de fondo, el rumor constante, un zumbido permanente, el de la circulación de la gran ciudad. También hay jóvenes, que, o bien son parados, trabajadores sociales, funcionarios con una baja o abnegados opositores. Les noto aburridos, se desplazan en racimos y van hablando de senderismo, de planificaciones vacacionales o de ahorros de dinero obtenidos con ofertas o chollos que se enseñan unos a otros a través de la pantalla del móvil. Espacios públicos para el esparcimiento del pueblo, para su desahogo; espacios para acercarles a la naturaleza imposible y encapsulada de esta gran ciudad.  
Llevo ya un buen rato aquí y calculo que dentro de poco me avisarán, así que con movimientos perezosos me levanto del banco y me voy hacia la salida del parque, y cuando lo hago me siento liberado y que he recuperado mi libertad. 
Somos tantos, cada unos tan diferente a los otros. Eso pensaba hoy cuando volviendo a casa vuelvo a encontrarme, porque la he visto ya en otras ocasiones, a una mujer barriendo el trozo de acera y de calle frente a la puerta de su casa. Y me pregunto que ahora, con las tormentas y todos los trozos de naturaleza que arrastra el aire que las precede, qué sentido tiene barrer la calle. Me resulta incomprensible, y sonrío y pienso en quién sería yo si hiciera lo mismo, qué tendría dentro de mi cabeza, qué ideas y qué criterios. Y también en qué tipo de conversaciones podría tener con esa señora. 

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