Y cómo jugaba aquel bichejo

por Fausto Lipomedes  -  30 Mayo 2021, 20:55  -  #recuerdos, #tenís, #niños, #entrenamientos

Ya está el verano instalado con todo su esplendor. Se han sucedido un par de días con unas temperaturas en torno a los treinta grados y los ladrillos de la casa ya comienzan a recalentarse y a caldear el interior. Fuera el edredón y las ventanas cerradas durante meses comienzo a abrirlas al atardecer. Esta mañana he ido a correr, a la misma hora de siempre, pero la temperatura era diez grados superior a la de hace unos días, así que he notado penosamente la subida del termómetro. Habré de salir más temprano a partir de ahora y mientras trotaba y sudaba me ha venido a la cabeza el recuerdo de la pequeña Teresa, que aventuro, y no deja de asombrarme que ahora tenga cuarenta y cinco o quizás ya los cincuenta años. 
Yo trabajaba en un hotel, no sé si alguna vez lo he comentado. Sí, me fui a la costa a trabajar a un hotel como animador. Yo animador, ¿Os lo imagináis? Realmente en la juventud haces todo lo que se te pone por delante. Bueno, en realidad me fui porque huía de otra historia que ahora no viene al caso. Fueron unos meses, digamos que la primavera y el verano, hasta avanzado ya septiembre. Fueron unos meses absolutamente disolutos en cuanto a normas, horarios y rutinas. Sencillamente no las había, o no había shérif que impusiera conducta alguna, pero todo era más inocente y entrañable que ahora. Llegue a dormir al revés y así, podía despertarme al arrancar ya la noche, aunque también hacía cosas durante el día, después de todo debía de trabajar; pero la comida del hotel en el que desempeñaba mis funciones era tan mala, que acababa jugando a los dardos con ingleses y alemanes y un pepito de ternera en la barra que mordía mientras esperaba mi turno para intentar hacer diana. Y no se me daba mal, tampoco el billar y sabía que todo era suerte, carecía de técnica alguna y menos aún de trayectoria y experiencia con esos juegos, pero te creces, a esa edad te creces, y creo que el cerebro está revolucionado, tanto que, muchas veces, y creo estar en lo cierto, jugaba con la mente más que con mis manos y mis brazos. Supongo que es eso de que dicen que solo somos capaces de usar una ínfima porción de nuestra metería gris. Pues bien, en aquellos años yo lo usaba en mayor medida que ahora o quizás es que soñara más o creyera que todo es posible en tu vida y sólo imaginas todo aquello que deseas y vas a por ello. Y yo quería ganar a esos escandalosos ingleses y alemanes a esos juegos de pub en el pub en el que un amigo y yo, cenábamos y terminábamos el día, muchas veces ya de madrugada. Tenía el mar y la playa a apenas cien metros y creo que fui un par de días en todos aquellos meses. Mi vida era urbana, de aceras, salones de hotel, piscinas, discotecas y locales, nada de arena. 
En medio de aquel descontrol aparecen una mañana una holandesa, de cuyo nombre no puedo acordarme ahora, con dos hijas, de cuyos nombres sí me acuerdo, Yvonne y Teresa. Yvonne era la mayor y debía de tener catorce o quince años, muy guapa, rubia, y andaba en esa etapa del despertar de su cuerpo y haciendo despertar el cuerpo de todos los adolescentes con los que se cruzaba, así que su madre andaba loca todo el día tratando de controlar lo que ya era incontrolable. La otra, Teresa, era una cría de nueve o diez años y simplemente era un encanto. Una especie de ojos azules y llenos de vida, una sonrisa perenne y unos dulces movimientos, metido todo ello en un cuerpito. Yo creo que aquella holandesa estaba enrollada con el gestor de nuestro hotel, un tipo bajito, cetrino, muy recio él y al que nunca vi sonreír. Un ejecutivillo de hotel de playa, siempre con chaquetitas de verano de esas de cuadritos, camisas amarillentas y corbatas multicolores y aquello zapatos marrones y sus calcetines negros. Yendo y viniendo, sudando, gestionando pedidos, turnos del personal, cocineros, camareros, el bar, el club, recepción, reservas. Yo que sé, todas esas rutinas de los hoteles costeros que, normalmente por aquel entonces, mudaba todos sus inquilinos cada quince días con la llegada de una nueva horda, y todos lo hacían blancos y volvían rojos y con ropas atrevidas y con gafas, pulseras y abalorios multicolores que me imagino, aguantarían durante unos días en sus grises países y luego acabarían devorados por el negro invierno. 
La holandesa y sus dos hijas hicieron amistad con nosotros enseguida. Ella venía también a formar parte del equipo de animadores y con su llegada, aunque muy imperceptiblemente, conseguimos ordenar un poco la vida. No en vano, había que hacerse cargo de la pequeña de vez en cuando, y curiosamente todos éramos como muy responsables con las comidas de la cría y también con su sueño. Así que muchas veces teníamos que esperar que llegara la madre para poder salir nosotros. Ahora que lo pienso, éramos como una gran familia multiidiomática y adoptando costumbres unos de otros. Yo no dejaba de pensar en esa mujer holandesa, y en los que tenía que hacer, ahora mismo estar con nosotros y con ese juvenil trabajo para sacar a su prole adelante y encima, sospechaba, aguantando las embestidas del cretino gestor del hotel. 
Quizás me haya ido por las ramas, porque de quien me he acordado esta mañana es de Teresa. La razón y retomo, es que esta mañana, mientras corría, he pensado que habría de madrugar más si no quería pillar la calorina que ya aprieta a eso de las once. Pues bien, aquella niña, Teresa, y suele ocurrir cuando no hay un padre de por medio, se encariñó especialmente conmigo. Era habitual, que se quedara fijamente mirándome, siempre con esa sonrisa y esos ojos brillantes y chispeantes, o se sentaba a mi lado en el sillón, o siempre se aseguraba de ocupar en la mesa la silla contigua a la mía. Me decía adiós cuando me iba y me daba un beso, el mismo antes de irse a la cama o, simplemente, me saludaba cada vez que nos cruzábamos en los pasillos de los apartamentos en los que vivíamos. La niña, estaba pendiente de mí y con veintiochos años que yo debía de tener entonces, no podía por menos que corresponderla, quizás fue una de mis primeras responsabilidades hacia otra persona, quizás, pienso ahora, la única que conseguí materializar. Y digo esto, porque aquella mocosa jugaba al tenis, sí con nueve años, y me comprometí con ella en pelotear todas las mañanas un rato en las pistas del hotel. Y todas las mañanas era a las ocho. Y yo, que me acostaba a las tantas, algunas veces un poco eufórico, oía sus nudillitos, matemáticos, aporrear mi puerta a las ocho menos diez, y tras los golpecitos mi nombre con aquella vocecita cantarina. Y me levantaba resignado, le decía ya voy y cuando salía somnoliento, ella, feliz, con su fajita blanca, sonriente y feliz, ya me esperaba con raqueta en mano que casi media lo mismo que ella. Y bajábamos, ella hablando en holandés hacia las pistas. Y aquel bichejo, como jugaba, siempre me ganaba. 

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