De Tailandia a Managua

por Fausto Lipomedes  -  16 Mayo 2021, 21:08  -  #revolución, #Managua, #Nicaragua, #FSLN, #Somoza

Mi amigo, aunque a veces no sé como asirle. 
Mi amigo, supongo, tampoco sé si el me considera como tal. 
Está esperándonos para comer. Lo vemos desde fuera, desde la calle, sentado a la mesa e inclinado. Como siempre, no pierde el tiempo. Está mirando textos, ahora, en estos tiempos, a través de la pantalla de su móvil. 
Está sólo, en silencio, en medio del jolgorio de colores del local.  Él, con sus tonos oscuros, consigue que nadie repara en él y tampoco quiere que lo hagan. 
Le miro desde donde estoy, con sus más de no sé cuantos años. Con sus pelos blancos incapaces de ocultar su cráneo, coronando su cabeza. No son cuatro, serán a lo sumo cuarenta, alborotados, cada uno a su libre albedrío en longitud y torcimiento. Con sus gafas a las que aguanta sobre el puente de su nariz con el mismo gesto de los niños, que arrugan su napia para que los cristales no resbalen por ella. Sus gafas de concha, tras las que oculta unos ojos cansados y húmedos. Aún vislumbro en ellos el afán del periodista, ojos jóvenes por tanto, ojos interrogantes y atentos. Ojos capaces de otorgar espacio y encajar comentarios, aunque ya sepan que les van a comentar.  Barba blanca o quizás sea un hombre mal afeitado. Ese hombre que aparenta darse igual a sí mismo, o eso creo porque también le intuyo coqueto.  Ese hombre humanista pero que tampoco para de analizar datos. 
Hace tiempo que no le vemos. Tiene buen aspecto. Se siente seguro, ya está vacunado. Se alegra de que yo también lo esté. De hecho, hemos quedado a comer para celebrarlo. Ya somos anímicamente inmunes en medio de esta pandemia, nos lo merecemos, creo que pensamos ambos, volvemos a ser las islas paradisiacas, vírgenes, protegidas del cambio climático, de este loco mundo, espacios de sentido común, así nos sentimos hoy y lo celebramos. 
Se levanta al vernos, eleva su cuerpo que los años han convertido en corpachón, aunque le veo tranquilo y recio. Vislumbro en su rostro alegría y satisfacción. 
Sólo podemos darnos codazos, pero se nos escapan abrazos, hay necesidad de expresar afecto. En esa mesa andamos todos a la busca de cariño. 
Estamos en un restaurante tailandés. No entendemos la carta, todos son nomenclaturas extrañas, intuimos los alimentos y decidimos compartirlo todo, todos los platos al centro, los entrantes y los principales. 
No me acuerdo de qué hablamos, trato de hacer memoria, pero a pesar de que el encuentro ha ocurrido hace pocos días, sólo vienen a mí las sensaciones. 
Pero sí me acuerdo de una historia que cuenta mi amigo. Me llama la atención tanto la narración como el hecho de que él lo viviera, porque siempre es sorprendente imaginar a alguien antes del contexto en el que tú, ahora, le conoces. Y en esta historia, que transcurre en julio de 1979, mi amigo debía de ser un joven y altivo periodista. 
Comemos en un restaurante tailandés y de allí, de Tailandia, nos vamos a Managua, la capital de Nicaragua. He aquí que mi amigo está cubriendo la entrada en la capital del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). No conozco Managua, pero me la puedo imaginar en esa fecha, y me imagino que seguirá siendo igual, una ciudad  de casuchas en torno a un grupo pequeño de edificaciones en las que habitan el poder y las instituciones. Veo a Anastasio Somoza, que ya había huido del país, paseando por esa urbe de barrios miserables, con sus trajes y corbatas y sus zapatos relucientes, una especie de personaje erróneamente pintado en ese escenario y de los que esta plagado Latinoamérica. 
No sé a qué medio representa mi amigo allí. Si lo ha dicho, no me he enterado. Pero está en el hall del Hotel Intercontinental de Managua, que imagino construido para dignatarios, hombres de negocios, delegaciones militares, traficantes de armas, corruptos y, en este caso, periodistas. Me imagino el hall pequeño, iluminado con luces en el techo mortecinas, con sillones de cuero rojo que siendo julio, deben de hacer sudar los cuerpos de los que se sientan en ellos. Mi amigo, y sus colegas están en el hotel, situado a escasas manzanas del principal cuartel militar de Managua, y me imagino que esperando acontecimientos. La guerra ya está perdida, el Frente Sandinista avanza imparable por los suburbios, aunque toda la ciudad debería de ser uno, hacia el centro político de la capital. Ocuparán con sus uniforme de guerrilleros polvorientos los despachos del dictador, se bañaran en sus bañeras, descansarán en sus camas con oropel y aposentarán sus culos en el sillón presidencial fumando un puro y subiendo los pies calzados con recias botas, sobre el escritorio de nogal de Somoza, o quizás sea de otra madera. 
Pero volvamos al hotel Intercontinental. Parece que mi amigo se ha quedado solo en el hall. Hace calor, es de noche, las puertas del hotel están abiertas para que pueda entrar algo de brisa desde la polvorienta calle. Los guerrilleros no entrarán hasta la mañana y en Managua ya no queda nadie del régimen derrotado, ¿o sí? Queda un pobre soldado raso que ahora entra en el hall. Y le imagino bajito, con su traje de campaña grande y arrugado, quizás un fusil y cartucheras que le pesan. Se dirige a mi amigo, único habitante del hotel ahora mismo. 
—Quiero ver al arzobispo—, dice el soldado. ¿Está aquí? Sí, le responde mi amigo sorprendido. ¿Y le puede usted avisar, por favor? Pues no sé, dice mi amigo al mismo tiempo que se levanta y observa la cara ovalada de aquel soldado pequeño, de tez cetrina y pelo negro lacio. Por favor, he de hablar con él, me he de confesar. Mi amigo queda perplejo ante aquella revelación y piensa que es inhumano negarle a cualquier persona el derecho a la confesión. Llega a la conclusión de que ha de facilitar a aquel hombre la posibilidad de ver al arzobispo y le pide que le espere allí. Mi amigo sube una escalera hasta el piso superior, donde al parecer se hospeda la delegación de arzobispo que, al estar bendecido por Dios, puede tanto bendecir a las autoridades recién huidas del país, como a las nuevas que ya llegan a la ciudad. 
Vuelve mi amigo y le dice al soldado que alguien bajara. Y efectivamente, a los diez minutos, baja un asistente del arzobispo con un traje negro, usado y una gran cruz sobre su pecho. Parlamenta brevemente con el soldado y parece indicarle que suba con él. Mi amigo, que está leyendo la prensa internacional, deja de hacerlo y no puede quitarse de la cabeza que estará contando el soldado al arzobispo. 
Media hora después el soldado baja solo por la escalera, y da las gracias a mi amigo. Parece aliviado y suspira. Y mi amigo, desde su sillón, observa como aquel hombre vestido de milicias, se desnuda en el hall, se desprende de todo lo que hacia ser soldado y quedándose en calzoncillos, abandona el hotel por la misma puerta por la que llegó a él. 

 

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