Cántico nocturno

por Fausto Lipomedes  -  23 Mayo 2021, 19:20  -  #autillo, #leyenda, #canto

No os conté, o quizás sí, no lo recuerdo, que llegaron mis golondrinas. Han tenido tres crias, cagonas cómo ellas solas. Así, que bajo el nido, hecho de barro, saliva y briznas de hierbajos, se acumulan los excrementos del natalicio. Mañana he de limpiarlo. Las crías ya están que se salen de su cobijo y no tardarán mucho en hacer sus primeros pinitos aéreos. Están sobre la puerta de mi casa, a la derecha según se sale, y los padres siempre andan rondando por los cables de alrededor velando por el bienestar de sus vástagos. Y cada vez que salgo, oígo el mismo trino con el que deben de transmitir: Cuidado, peligro! Es realmente encantador, porque una vez emitido el canto de alarma, las crias parecen esconderse y hacerse las tontas. 
Ya ha llegado el verano, ya hemos entrado en la configuración del estío y así estaremos hasta mediado el mes de octubre. Los campos, hasta hace unos días verdes rabiosos, ya comienzan a tostarse y a adquirir una tonalidad pajiza, la propia de estas tierras duras. Ya hay que cambiar el chip y acostumbrarse a vivir con el calor, abrir lo hasta ahora cerrado y dejar que circule el aire tratando de atraparle en su movimiento. También han llegado las primeras moscas adultas y las minimoscas que deben de nacer en algún lado y que comienzan a poblar los cristales de las ventanas, cegadas por la luz. 
Y el estío también ha llegado a la noche y los batracios barruntan las tormentas primaverales emergiendo a la superficie desde sus agujeros con la esperanza de poder humedecer sus cuerpos. Pero en las noches secas no cantan los sapos y aprovechando el silencio emerge, desde hace varios días, un canto de ave. Es un canto de una sola nota, triste, una flauta gutural, regular, con una cadencia de dos a cuatro segundos, insistente, solitario. Suena durante horas, viene de un lugar indeterminado entre los pinos y la masa arbórea frente a casa y salgo al exterior para, simplemente, oírlo. Ignoro porque el animal espera a que caiga la noche y que elija precisamente las silenciosas. Igual quiere hacerse notar. 
Pero no. Busca a alguien y también avisa a alguien. Es un autillo, una especie de lechuza pequeña, de hecho es la de menor tamaño de esa familia. Y existen varias leyendas sobre el animal en lo que respecta a la búsqueda. Aunque difieren en los personajes, coinciden en que se trata de un drama entre hermanos. De hecho, se cuenta que eran dos pastores y que estando cuidando el rebaño durante la noche, las ovejas se escaparon. Uno de ellos, echo la culpa de ello al otro, al que mandó ir a buscarlas. Pasaron las horas y no volvían ni las ovejas ni el hermano, pero rozando el alba reapareció el rebaño, no así el pastor que fue a por ellas. Y comentan los libros viejos que el hermano, arrepentido y lleno de remordimientos, fue convertido en autillo y que todas las noches, incansable, llama a su hermano en la negrura, tratando de verle aparecer. 
Pero quien me descubrió que lo que oía por la noche era un autillo, me contó otra leyenda que, en un principio, no me quería contar. No sé dónde la habrá oído, aunque me imagino que se enraíza en las noches negras de los pueblos. El autillo que se posa por las noches en los árboles cercanos a la casa de los moribundos o a la de aquellos que sin serlo, van a dejar pronto esta vida. Que macabro, pienso, pero esa misma noche cantó el pájaro y salí corriendo, simplemente para comprobar que estaba lejos de mi hogar.  

 

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