Dejarse llevar

por Fausto Lipomedes  -  17 Abril 2021, 19:53  -  #cansancio, #agotamiento, #acciones

He vuelto de trabajar. Es viernes. Ya sabéis qué pasa los viernes, las distintas partes del organismo parecen comunicarse entre sí y cuchichearse mensajes hasta que llegan a un consenso, una vez convencidos aquellos y aquellas que se resisten, y deciden todos, al unísono, venirse abajo. 
Abro la puerta y resoplo, apenas he tenido fuerzas para salir del coche y encaminarme hasta ella. Antes de entrar he mirado hacia el nido de las golondrinas. Sí, han vuelto, de hecho, ha vuelto puntual toda la primavera, con todos sus ritos delicados pero determinantes a la vez. Recuerdo ahora la del año pasado, un año, es increíble, un ciclo, la unidad del ciclo humano, un puto año al que apenas damos importancia, somos tan necios. Recuerdo como fui consciente de su evolución, a la de la primavera me refiero; los cambios que iba apreciando día a día, el placer de la observación y como diversos seres vivos, como nunca antes había experimentado, se acercaron a mí.
La mejor forma de hacer algo que no quieres hacer, sobre todo cuando exige un esfuerzo físico, es ponerte a hacerlo sin siquiera pensar en ello. Viene a ser algo así como ejecutarlo sin respirar, coger aire y sumergirte en la actividad sin tomar conciencia de que la estás realizando. Así, con ese coraje, he sido capaz de poner una lavadora. Claro que para ello he tenido que descolgar y doblar antes la ropa que, ya seca, ocupaba el tendedero, un esfuerzo extra con el que no contaba y del que me he dado cuenta estando dentro del primero. Aún así, cuando he terminado de introducir mi ropa sucia en el tambor de la máquina, me he sentido orgulloso de mí mismo. Sin embargo, aún requiere la acción una segunda parte, y con la que ya contaba. Concretamente, cincuenta y dos minutos después debería volver a la lavadora para extraer la ropa centrifugada y proceder a colgarla. Así que con esta carga pendiente me he bajado al salón, después de quitarme la coraza, dejar la lanza apoyada contra la pared y la espada y su correaje colgados del perchero, labor que siempre me resulta insidiosa, pero no soy de esas personas que consiguen estar en casa con los mismos ropajes que han utilizado para estar en la calle.
Me he sentado en el salón. Un. nuevo resoplido. Entra el Sol por las ventanas que dan al oeste, por la pequeña rendija por la que dejo entrar luz, pues tengo las persianas bastante bajadas. Supongo que juego a sentirme como en un búnker inexpugnable. Se cuela amarillenta, casi anaranjada, pues el astro, como en un juego mecánico ya resbala hacia el horizonte por el que, inexorablemente se hunde todos los días. Me quedo medio dormido mirando esas franjas anaranjadas iluminar objetos y un trozo de la pared. Siento paz. Mi cuerpo quiere irse hacia la inconsciencia, pero sé que aun tengo una tarea pendiente, así que no desconecto por completo, dejo una pequeñísima porción de mi cerebro alerta, un chispazo unitario encargado de decirme a mi, mortal, no puedes dormirte, no puedes dejarte llevar y lanzarte hacia el placer de la inconsciencia, pues habrás de espabilarte de nuevo, en poco tiempo. Y cuando el chispazo recorre mi mente, parece como si me asomara a un abismo que encoge mis tripas sacándome de la ensoñación en la que quiero caer. 

 

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