A rastras

por Fausto Lipomedes  -  20 Marzo 2021, 20:35  -  #conflicto, #familiar

Hoy ha arrancado la primavera, a las diez y media de la mañana. Y oía el comentario en la radio del coche mientras volvía a casa desde la de mi madre. He pasado la noche en ella. Ya no se la puede dejar sola. Estaban los locutores de los magacines de los sábados, casi todos ellos homosexuales, excitados, no sé si sinceramente o haciendo el paripé, sobre el hecho del cambio de estación. 
Los iba escuchando, sus chorradas, sin siquiera prestarles atención, con la boca abierta, quizás porque estoy un poco resfriado y me cuesta respirar por la nariz. Me daba el sol en la cara, a través del cristal del parabrisas, todo el habitáculo del automóvil lleno de luz, evidenciando todas las motas del polvo y manchas del salpicadero. Un coche viejo, desgastado, como mi madre, como su cuerpo. 
No era consciente de ello, de su desvanecimiento, hasta esta noche, acostándola, o cambiándole a las cuatro de la mañana una especie de braga pañal, venciendo yo mi repulsión y supongo que ella la indignidad que ello representaba. Mi madre, a quien he visto cambiar su rostro cuando se ha tumbado en la cama. Apenas pudiendo tener control sobre sus articulaciones, incapaz de hacer girar su voluminoso cuerpo para dormir lateralmente.  Se va la vida poco a poco, no de golpe, sino día a día, hora tras hora, sin saber a ciencia cierta cuántas quedan. 
Se me agolpan en la cabeza, volviendo a casa en el coche, respirando mal y con el sol deslumbrándome, un montón de cuestiones para las que no tengo respuestas. Me falta dentro la voluntad, siento que me dejo mecer por los acontecimientos que me van llevando de un lugar a otro, que no soy dueño de mí y que permanezco atrapado en una especie de bucle que yo mismo, con mi actitud, construyo. 
Mi madre reclama simplemente compañía y yo aborrezco estar con ella. Me he pasado la vida huyendo del domicilio familiar en el que me sentía oprimido y  asfixiado. Y ahora, cuando estoy con ella de nuevo en él, revivo todas esas sensaciones. Y en sus frases, sus aseveraciones y comentarios, pues su cabeza sigue lúcida y ágil, sigue vigente ese afán suyo de controlar de, sencillamente, ejercer su autoridad por el matemático hecho de tener más años, despreciando a cualquier otra razón, y a las personas que las expresen. Mi madre no respeta y me pregunto muchas veces de donde nace esa actitud, esa certidumbre suya sobre cómo han de ser las conductas de los demás. La caridad guía mis acciones hacia ella, a veces simplemente la convicción de que actúo como debo de actuar, no como deseo, pero no consigo encontrar al amor que debería sentir hacia ella. Mi tristeza es consecuencia de los pensamientos que me surgen sobre el final de la vida,  sobre lo absurdamente indigno que es para muchas personas, o sobre el riesgo de que en mi caso, sea igual. Supongo que como todo el mundo, me seguiré queriendo aferrar al hecho de vivir, aunque sea arrastrándome.

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