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por Fausto Lipomedes  -  16 Enero 2021, 19:29

¿Y qué tal te ha ido por la ciudad? Me pregunta mi padre nada más entrar en casa. 
Bueno, me ha sentado bien, necesitaba salir de aquí y, de alguna forma, saber que el camino estaba expedito hasta ella. Digamos que era una necesidad de certificar una vía de escape. Supongo que es una forma de sentirse libre, poder elegir.  ¿Y por aquí, alguna novedad? 
Ninguna responde mi padre, aquí no ocurre nunca nada, la vida ha seguido su monótono curso y cómo nos alteramos cuando interrumpe su rutina con algún hecho inesperado, ha decidido volver a la más absoluta de las normalidades.  
Yo he vuelto cansado, le digo. 
No me extraña, es un viaje largo, apunta mi padre. 
Sí, lo es, pero el problema no es el trayecto, a pesar de que había que hacer el recorrido con bastante precaución, el problema es el trabajo. 
¿Tu trabajo?, pregunta mi padre, si siempre te ha gustado e inviertes en él un montón de tiempo, vamos, yo diría que prácticamente todo tu tiempo. 
Sí, es cierto, y ese es el problema. Empiezo a estar muy cansado de él, se ha vuelto aburrido y sin sentido alguno, no va a ninguna parte, no contribuye a nada y tengo una sensación de vacuidad enorme, gigantesca. Me cuesta tomármelo en serio y no hay peor cosa que perder el respeto a alguien o a algo, en este caso mi actividad profesional. Por más que lo busco no lo encuentro, es cómo si hubiera desaparecido esa actitud, la del respeto, y ya no fuera capaz de generarla químicamente en mi cerebro. Y mira que conozco a gente todos los días, hoy, sin ir más lejos, a una mujer norteamericana a miles de kilómetros de mí, a través de la pantalla del ordenador.  Y su pose, su puesta en escena, sus expresiones y discurso, eran tan manidos, tan vulgares, tan de todos los días. Destilaba tal caos, tal apatía hacia sus responsabilidades, tal desbordamiento vital, tal jilipollez, en definitiva, que es imposible generar en mí respeto hacia esa persona. Antes, no hace tanto tiempo, conocer a alguien resultaba fascinante, levantaba en mí oleadas de expectación, escudriñar la personalidad del nuevo personaje, pensar en él y en sus formas al mismo tiempo que en sus palabras. Ha desaparecido esa raza humana, esa con la que podáis hablar, con la que podías ahondar en pensamientos y opiniones, la han sustituido por toda una sarta de peones de los que ya sabes, rápidamente, qué esperar. 
Espero respuesta de mi padre, pero ya no está. Suele aparecer y desaparecer de manera casual. Yo creo que se pira cuando le empiezo a aburrir. Bueno, pienso, supongo que este es un problema de índole personal e íntimo y sobre el que nadie puede ayudarte. 
Me cambio de ropa y pongo en marcha mis chimeneas tratando de crear cierta confortabilidad en el ambiente. 
Al irme esta mañana he visto a mis vecinos, creo que son de Puerto Rico. Durante los días de la gran nevada llegué a pensar que estaba yo sólo aquí arriba, pero no, ellos también estaban, simplemente se habían escondido en lo más hondo de su casa, y hoy han emergido. A veces me pregunto qué pensarán ellos de mí. No es que me importe especialmente, pero creo que siento curiosidad por saberlo, después de todo ellos me observarán cómo yo a veces les observo a ellos. Seguramente no piensen nada. 

 

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