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por Fausto Lipomedes  -  10 Enero 2021, 18:06

¿Ves los que ocurre papá? Hoy mi padre ha aparecido sentado junto a mí en el coche. 
Yo creo que estoy llevando muy mal esto de dejar de ser una persona activa. 
¿Una persona activa?, pero si no paras, me afirmaría él. 
Sí, papá, llevas razón, pero no te puedes imaginar lo que me cuesta seguir actuando como antes, como si nada ocurriese. Tengo la sensación de que intento engañar a mi cuerpo y de que él es mucho más evidente que yo. Además, se trata de una metamorfosis interna. Por lo tanto, si no la exteriorizas, los demás te siguen viendo como siempre y resulta dramático porque, da tanto miedo mostrarla. En el momento en que lo haces pasas a formar parte de otro estatuto y te empiezan a mirar raro, incluso te huelen y buscan rastros olorosos de tu vejez. 
¿No te parece que exageras un poquito? Me dice ahora mi padre. 
No, no exagero nada papá, ahora las cosas han cambiado. Ahora se es viejo mucho antes que en tu época. Ahora la vejez es la nada a pesar de que no paran de hablar de ella. Ser viejo es ser algo improductivo, es un coste, una figura extraña dentro del entramado del dinero, un problema en el que se mezclan y luchan conceptos como los beneficios, la dignidad y el respeto. Pero casan mal, es una batalla silenciosa, un problema latente sobre el que no me cabe duda que terminarán buscando soluciones. 
He llegado a casa por los pelos. La nevada aún es normal y las primeras capas blancas manchan ya todas las superficies, pero nada que ver con lo que habrá de venir. 
Este viejo caserón, como yo, ya no está para soportar estos rigores extremos. Antes de meterme dentro, desde el quicio de la puerta, echo un vistazo a mi alrededor. Miro hacía arriba. No para de nevar, y entre los copos fríos que latiguean mi rostro y mis ojos, veo un cielo nocturno morado y opresor. No sé si Leopolda ha muerto o no, o si simplemente hiberna dentro de su agujero, del que veo escapar lo que podría ser una de sus patas, una pata que midiera la temperatura externa y fuera capaz de detectar las condiciones climatológicas. Cierro la puerta de hierro y ya estoy en mi hogar. Activo los sistemas escasos para proporcionarme calor y limpio las chimeneas para encenderlas. La actividad subiendo y bajando las escaleras hacen entrar a mi cuerpo en calor. Tengo una amplia madriguera, y dentro de ella me comporto como un roedor. Actúo en silencio, voy de un lado a otro nerviosa pero prácticamente arrastrándome. 
Ya vivi aquí dentro una gran nevada, pero esta va a ser diferente, esta es jodida, quiere ser prolongada y tiene afán de sepultar. 
Cuando ocurren estas cosas tan inhabituales siempre me entra el miedo, sobre todo estando aquí solo. Así que comienzo a pensar en distintas situaciones y hago cálculos de estructuras y comienzo a pensar en techos que ceden o en manchas de humedad que se extienden desde el tejado derritiendo paredes, en cortes de luz o del suministro de agua, en cables que se caen o en desplazamientos de tierras, ja, ja, ja. Supongo que me castigo. ¿Lo ves papá? Hablo en voz alta, pues no le veo. Antes no era así, antes era un amante de los riesgos y las situaciones extremas me regocijaban, por lo que trataba de encontrar el mejor asiento para ver el espectáculo. Ahora también, me siguen regocijando, pero el temor a la catástrofe se erige en un borrón que enturbia la aventura. 

 

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