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por Fausto Lipomedes  -  11 Enero 2021, 21:34  -  #frío, #nieve, #consejos

Se esconde el Sol el primer día que ha dejado de nevar después de hacerlo durante tres, de manera ininterrumpida. Ha dejado de estar oscuro y entra luz por las ventanas. Tengo ganas de salir fuera y sentir. Me he abrigado y he buscado mis botas de montaña. Me encamino, como un viajero espacial, pesadamente, hacia la compuerta de la nave. 
Por fin he abierto la puerta de casa preparado para enfrentar un planeta devastado. Como he visto tantas pelis, me he provisto de unas gafas de sol para protegerme de los rayos del astro escupidos por el manto blanco. Es deslumbrante. 
No sé dónde mirar ni en que formas grotescas fijarme por las múltiples creadas por la acumulación de nieve. Lo que sí hay es un patrón común. Todo aquel volumen que ha detectado la tormenta, indiferentemente de su tamaño, lo ha cubierto, en un primer momento conservando sus formas, posteriormente creando unas medio esferas, más grandes o más pequeñas, dependiendo del volumen del objeto enterrado. Pienso que debe de haber ya una fórmula matemática capaz de pronosticarlas. El hombre entierra bajo tierra, la naturaleza sobre ella. Los coches se antojan auténticos iglús, pero también están cubiertas con igual caparazón las plantas, independientemente del número de ramas, disposición o tipos de hojas que tuvieran, jardineras, tiestos, bolsas de tierra, farolillos o herramientas de jardinería. Estoy en medio de un desierto blanco de dunas suaves y montículos romos. 
Apenas puedo andar, mis pies se hunden hasta la rodilla. No tengo pala, así que me he hecho con un bastón para apoyarme y he llegado hasta un azadón que puede servirme para abrir fiordos liliputienses por los que avanzar. 
A ver chaval, que yo también lo veo, no hace falta que me des detalles, dice mi padre, que se ha quedado en la puerta de casa, bien abrigado. 
Esto está jodido papá, le digo desde la acera de la calle, apenas distante cuatro metros de donde él se encuentra y a la que me he llegado como un puto astronauta. Aquí van a pasar días antes de que cualquier humano se atreva a subir hasta aquí  arriba. 
Esto va para largo, dice mi padre. Efectivamente, pienso para mis adentros, esto va para largo. Me siento como un Robinson Crusoe polar, abandonado en este risco mío que se me antoja una remota isla blanca en medio de un océano de hielo, y sin que nadie sepa que estoy aquí. E incluso sabiéndolo, nadie puede llegar a mí. 
Aún tengo electricidad y el agua circula por las cañerías, pero esta noche las temperaturas van a bajar hasta menos 12 grados. Claro está, y conociéndome, ya estoy pensando en colapsos. 
Se me va la mañana en abrirme paso hasta la leñera y en hacer unos seis viajes cargado de troncos que apilo en el pasillo de entrada de la puerta trasera de casa. El objetivo es mantener la casa caliente, subir su temperatura, sea como sea. Mi padre no sé por dónde anda. 
¿No habéis sentido a veces lástima de vosotros mismos cuando tratáis de superar una adversidad? ¿En situaciones en las que os faltan conocimientos sobre temas prácticos que, de tenerlos, os ayudarían a solventar contratiempos de manera rápida, y habéis de improvisar intuitivamente? Bueno, así me he sentido yo, y mi padre desaparecido, con lo que he tenido que hacerme las preguntas a mí mismo y, lo peor de todo, sin conocer las respuestas. Bueno, este tipo de situaciones también te permite reírte de ti. 
Mientras avanzo con mi cargamento bajando los escalones, veo las lenguas gordas de nieve desbordándolos, acabando en un puntal que suelta gotitas poco a poco, algunas de ellas ya convertidas en campanos de hielo. Efectivamente, esto va para largo. 

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