Un post desde Overblog

por Fausto Lipomedes  -  30 Enero 2021, 20:28  -  #padre, #recuerdos

Penúltimo día del mes de enero, el primero de este año que intuyo extraño. Hace unas cuantas mañanas me dormí. No recuerdo porque tuve esa sensación, la de haberme dormido, seguramente debería de ir a algún lado o simplemente quería levantarme temprano para no perder el día. El caso es que, como se suele decir, pegué un brinco de la cama, que en mi caso fue quitarme de encima el edredón de una manera definitiva y abandonar mi postura de postrado a otra de erguido, concretamente a la de sentado al borde la cama. Y lo hice con virulencia, tanta, supongo, que  un terrible latigazo en la base de mi espalda me obligó a quedarme sentado en ella cerca de un minuto. Sentí un dolor profundo, como si una barra de metal duro se me hubiera encajado en ese lugar. Me daba pánico moverme por miedo a que la más ligera alteración de esa posición en la que me encontraba produjese otro rayo interno fulminante dentro de mí y del cual ya no fuera posible recuperarme. 
Estando en esa posición, únicamente vestido con una camiseta y viendo mis muslos pálidos y envejecidos, me acordé de mi padre, sobre el cual sigo sin saber nada. Y me he acordado de él porque le ocurrió lo mismo, o de eso me enteré con posterioridad. Pero a él, a diferencia de a mí, le ocurrió atándose un zapato en el trabajo. Por lo visto,  ya no pudo recuperarse de esa posición, aunque me imagino que de alguna forma sí pudo hacerlo o a alguna similar a la de un homínido, pues le llevaron directamente a un hospital. 
Por aquel entonces yo debía de tener nueve o diez años y vivía en un pueblo de la costa una existencia más o menos placentera y despreocupada. El caso es que en casa nos enteramos de aquello después de que a mi padre le operasen de una hernia discal ese mismo día. Supongo que así era mi padre, si había que hacer algo, lo afrontaba sin la menor dilación, y creo que me parezco mucho a él, pero en este aspecto concreto, creo que no. 
Ha llegado un momento en que ya no podía seguir sentado por más tiempo ni tampoco iba a llamar a las urgencias médicas para que me llevaran a un centro hospitalario y me operaran, y más aún en las circunstancias actuales. Así que ha llegado un momento, minutos después que, con mil ojos, también cómo se suele decir, pendiente de cualquier insinuación de mi organismo, he conseguido incorporarme sin dejar de sentir mis espalda rígida y dolorida. Vestirme ha sido todo un poema, haciéndolo como lo haría un soldado herido y con la mitad de su cuerpo vendado. 
He decidido hacer caso omiso de las dolencias y he bajado la escalera, eso sí con absoluto recelo, hasta la cocina. Me he desayunado con movimientos lentos, sintiendo mi cuerpo como si fuera el de una marioneta. Fuera, la mañana es luminosa, es ajena a mis dolencias, y he decidido incorporarme a ella. Así que me he duchado, de nuevo con cautela y he salido de casa, no recuerdo a dónde, lo más seguro que a trabajar. 
Todo el día he estado atento a mis dolores y en ciertas posturas era imposible no sentirlos, pero aún no estoy dispuesto a claudicar, a declararme oficialmente un hombre con limitaciones físicas, más allá de las que yo considere oportunas y de las que ya soy consciente. La lucha eterna del deterioro físico y su no aceptación por parte de la cabeza. Supongo que es una batalla en la que tarde o temprano has de adaptarte a la versatilidad que te otorga tu caparazón, pero aún no, me digo a mí mismo, sería el fin, me repito. 

 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: