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por Fausto Lipomedes  -  13 Enero 2021, 20:14

Papá, ¿necesitas algo? Digo en voz alta mientras bajo las escaleras de la casa. Voy a armarme de valor y a sacar el coche, nos estamos quedando sin alimentos, digo. Ayer pasó el tractor retirando la nieve y ha dejado un caminito que, aunque helado, está transitable. No obtengo respuesta. ¿Papá? Le llamo de nuevo, pero nada. 
Busco mis botas de montaña y me las calzó mientras continuo contándole a mi padre. Ayer robé una pala solitaria clavada en la nieve. No sé de quién será, pero nos hace falta. Así que voy a retirar la nieve y el hielo que rodea al coche para hacer un carril hasta el caminito que ha dejado el tractor. Tú quédate aquí, ya me encargo yo de todo. Vuelvo a subir desde la cocina hasta la puerta de casa y me pertrecho para hacer frente a la mañana nevada. Unos minutos después y tras liberar de nieve las ruedas del coche, con un notable esfuerzo, me decido a subirme a él y a moverle después de cuatro o cinco días medio sepultado. En ese momento aparece mi padre en la puerta de casa y me solicita un cartón de Ducados. ¿Ducados?, pienso, creo que esos cigarrillos ya nos los producen. Mi padre y su Ducaditos que fumaba a escondidas desde que el médico le prohibió hacerlo tajantemente. 
Como siempre, mis miedos son superiores a los riesgos reales y con algunos crujidos de los neumáticos me alejo de mi casa camino del mundo. 
Hay poca gente por las calles. La nevada ha sido brutal y hay montañas de nieve apiladas cada pocos metros que han retirado de calles y aceras. Hace un precioso día de sol, por lo que aparenta una mayor temperatura de la que realmente hace, tres grados bajo cero. Y mientras recorro lento el trayecto hasta el supermercado pienso que estoy cansado de estar aquí, que lo idílico que me parecía hacía algunos años este retiro comienza a ser repetitivo y monótono, que todo esto es muy duro para mi cuerpo cansado, que ya estoy harto de encontrarme, una vez tras otra, conmigo mismo. 
Los estantes están semi vacíos, no hay pan y la fruta y las verduras escasean. Apenas hay gente en el súper. Que no falte el vino, ja, ja, ja, no sé si ya debo incluirme entre el grupo de población alcohólica, creo que no, pero hay que dar tiempo al tiempo. También he pasado por el estanco. 
Vuelvo a casa, ni rastro de mi padre. Acabo las faenas de la mañana acarreando troncos desde la leñera hasta la casa, con sumo cuidado a causa del hielo. Me ducho, y ya estoy listo, renovado, abastecido, ya puedo concentrarme en mi reclusión. Pero oigo un ruido, extraño. Me asomo por la ventana, y ¿cómo no? El grifito externo de la manguera ha reventado y sale a chorros el agua. Me cago en todo, era imposible que las cosas fueran tan bien. Llamo al fontanero, que está arreglando otra avería en un restaurante, no podrá venir hasta mañana. Como puedo, y me ha costado, he cerrado la llave de paso. Estoy sin agua. Ignoro la razón, pero hace un par de días llené dos cacerolas con agua previendo que esto pudiera pasar. Vivir sin agua, comienzo a hacer mis planificaciones. 
 

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