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por Fausto Lipomedes  -  14 Enero 2021, 20:34  -  #frío, #consecuencias, #prevenir

No sé cuantos días llevo ya encerrado en casa con el mismo paisaje blanco refulgente a mi alrededor. 
Mi padre ha aparecido esta mañana en la cocina. Cuando me he levantado y he bajado a prepararme el desayuno, consistente en un café y dos galletas, él ya estaba mirando por el ventanal. ¿Has desayunado papá? Le pregunto. Sé que la pregunta es absurda pues nunca le he visto comer nada desde que apareció por aquí. 
Estamos sin agua, le digo mientras me apoyo contra un mueble de la cocina. Se han helado las cañerías y el agua se ha convertido en hielo, pero cuando las dio el sol ayer y el agua volvió a su origen, zas, la presión ha perforado el cobre de la tubería.  De todo ello, que me lo explicó el fontanero hace dos años que ocurrió lo mismo, deduzco que tomando un volumen determinado de agua, ese mismo volumen convertido en hielo es mayor. Debe de ser alguna ley física o similar, digo yo.
La naturaleza acabará con nosotros, dice mi padre, creemos que podemos domarla y nada más lejos, en cualquier momento nos doblega y nos somete. Somos unos ingenuos. 
Sí papá, llevas toda la razón, le digo. Pues, nos ha doblegado y estamos sin agua.
Me he levantado de la cama y es lo primero que he pensado, que estamos sin agua. Anoche ya hice mis composiciones de lugar al respecto. Soy especialmente escrupuloso con mi aseo personal, por lo que para mí es todo un reto vivir sin agua. Lo primero que pensé es que tenía que modificar mi cena con el objetivo de manchar lo menos posible. Una de mis múltiples manías es no dejar platos sucios en la pila por la noche. Me pone realmente nervioso y es especialmente desagradable, al menos para mí, levantarte, preparar un café y encontrarte con los cacharros sucios de la noche anterior.  
Así que cambié sartenes y fuegos por una bolsa precocinada de verduras que solo necesitaba cinco minutos de microondas. Lo cierto es que me sorprendió el hecho de que no había ni que sacar las verduras troceadas de su bolsa. Completé el menú con unas putas lonchas de un preparado de pollo. Cena semi fría que completé con una naranja y pan. 
Cené erguido, con dignidad, tratando de eludir el problema de estar sin agua. Afortunadamente no hube de preparar cena para mi padre pues, cómo he dicho, nunca come. 
Hasta ese momento eludí pensar en mis deposiciones y micciones. Ya sabéis a qué me refiero. Disponía de dos cisternas llenas en los sendos cuartos de baño de la casa, pero por encima de todo no quería malgastarlas por si el asunto se ponía realmente complicado. Así, que antes de acostarme decidí salir al exterior a mear, sobre la nieve. Pasé frío, la temperatura era de nueve grados bajo cero, pero también fue placentero lo de sentirse un poco animal. Por la mañana abordaría el reto de defecar, acción ineludible después del café mañanero y que realmente me planteaba un problema horripilante, pues soy una de esas personas que no usa papel higiénico, prefiero el agua del bidé, y ahora mismo estaba seco. Lo resolvería al día siguiente, aunque no pude dejar de pensar en las posibilidades que me brindaba el agua almacenada en dos peroles que, como os dije, y sin saber a qué razón obedecía, se me ocurrió llenar de agua. 
No sé en qué momento me he despistado mientras tomo el café, pero mi padre ya no está aquí. 
Enciendo el ordenador, empiezan a llegar mails, y el móvil comienza a emitir campanitas simpáticas.  El trabajo emerge impasible a las circunstancias. La actividad económica, la que está acabando con este planeta, es más fría que la nieve que me rodea. He respondido a todo lo que me ha parecido que podía quitarme de encima de manera inmediata y he dejado otras cosas que requieren algo de reflexión, para más adelante, durante la mañana.  Lo he hecho de pie, no quiero que mi cuerpo reclame nada, de momento estoy esperando a qué reaccione al café y me exija utilizar el cuarto de baño, de momento, esta mañana, he vuelto a mear en la nieve después de despertarme. Pero de momento no siento nada, es curioso cómo nos modificamos ante las adversidades, el cerebro debe de mandar impulsos al organismo diciéndole retráctate de este deseo o, ahora, ya puedes dar rienda suelta a tus instintos. Por lo tanto, estoy de acuerdo con mi padre en lo de que la naturaleza podría acabar con toda nuestra petulante grandeza en cualquier momento, pero le costará un poco acabar con todos nosotros por esa capacidad que tenemos de adaptarnos, de modificarnos, de buscar las fórmulas para bordear los inconvenientes, después de todo, somos animales. 
Tarde o temprano llegará el momento de subir al cuarto de baño, pero por ahora  mi cuerpo no lo reclama. 
He aquí que he oído la verja de casa, que siempre está abierta, y he sabido que el fonta estaba aquí. 
Papá, he gritado, ha llegado el fontanero. No me ha respondido.  
Casi me han dado ganas de cantar, de poner música a todo volumen para recibir a mi hombre salvador, achaparrado, con su ancho bigote gris y su pelo del mismo color, igual que el de sus ojos. El experto, el profesional, revolvedor de mis problemas de un solo vistazo. Solamente he pensado en agua y en mi liberación, en una ducha de agua caliente llevándose mi sueño y a la que me cuesta tanto renunciar. 
En dos patadas ha resuelto el problema, y me cuenta que en poblaciones cercanas han estado dos días sin luz, y por lo tanto sin nada. Y me aterra pensarlo, y me he visto sentado como un indio, iluminado por el resplandor de la chimenea, anaranjado mi rostro, cubierto con una manta zamorana, sin moverme, y me viene a la cabeza el Conde de Montecristo en uno de sus últimos días dentro de su mazmorra, o en un peregrino del medievo haciendo un alto en su camino de tinieblas. 

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