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por Fausto Lipomedes  -  12 Enero 2021, 21:43  -  #ola de frio, #pájaros

Mi padre, que no paraba en casa, ahora no sale de ella. Yo me alegro, aunque ya sea tarde.  A veces se pierde dentro de la vivienda y tan pronto está compitiendo conmigo el sillón, como pasan horas sin que sepa nada de él. Mi padre parece que recupera el hogar que nunca tuvo, o al que renunció en su momento.  A mí,  a veces me molesta, porque me he vuelto un gran ermitaño, pero también me invade una tremenda ternura hacia él. 
Ahora está mirando por el ventanal de la cocina. Está quieto, atento a algo que ocurre en el alféizar. Me acerco lentamente y sin hacer ruido para no asustarle, aunque debería ser él el que me asustase a mí. Llego a su altura y le veo observar a un gorrión que fuera trata de entrar en casa para protegerse del frío que hace fuera, en torno a los seis grados ahora mismo, a media tarde. 
El pájaro tiene el cuerpo hinchado y el buche como enrojecido. La casa emite calor y el animal lo ha detectado, así que, sin saber qué es un cristal, se estrella contra él cuando levanta el vuelo y trata de llegar a un mundo más cálido. 
Pobrecito, digo en ese momento, petrificado, sin moverme, para el pequeño alado no huya. 
Seguramente muera hoy de frío, dice mi padre.  A saber cuanto cientos de gorriones perecerán esta noche, apunta mi padre que no para de observarle. 
¿Y si le dejamos entrar? Le digo yo, también sin dejar de mirar al ser vivo. 
Por mi bien, dice mi padre, pero aunque consiguieras hacerle entrar, lo más seguro es que también muriera. Se podría nervioso, tendría miedo y no pararía de revolotear y darse de bruces contra las paredes. 
Bueno, igual busca un lugar tranquilo, se posa sobre él y espera paciente a que pase la noche, simplemente se duerme, le digo yo. 
Mi padre me mira, lo hace con sus ojos verdes y esa tremenda nariz ligeramente ganchuda que se tiende entre ambos. Creo que das excesiva lógica al pensamiento del pájaro, pero merecería la pena tener que recoger sus cagaditas a cambio de que sobreviviera, dice. 
Con una ligerísima sonrisa cómplice me acerco al tirador del ventanal, moviendo mi brazo de manera imperceptible, deseoso de que aquel antiquísimo dinosaurio nada percibiera, salvo la magia de un hueco cálido en su presente, dominado por la supervivencia. 
Sin embargo, apenas rozo el tirador, el gorrión percibe una sombra, y aunque estaba dispuesto a ser menos receloso que en los días de primavera, no lo ha soportado, y ha saltado desde el alféizar al suelo, y ahora le veo, dando saltitos, dirigirse hacia otro ventanal de la casa. Salgo de la cocina y decido irme a la puerta para invitarle a pasar. Salgo, el frío es helador. Allí le veo, me mira y remonta el vuelo en busca de un lugar caliente, como el mío, pero sin mí, sin nosotros. 
Cuando vuelvo a la cocina, defraudado, pero consciente sobre lo ridículo de mi empresa, mi padre ya no está en ella. Se ha vuelto a perder. Ya no veré en el resto de la tarde, ni tampoco sabré más tarde donde dormirá. Me meto en la cama después de haber introducido en las chimeneas troncos de leña para que aguanten las brasas hasta la mañana siguiente, para así volverlas a encender. Me acuesto pensando en el gorrión y en su destino, preguntándome dónde estará, y me duermo pensando en lo que ha dicho mi padre sobre los cientos de ellos que morirán esta noche. 
Cuando despierto, al día siguiente, la temperatura es de menos doce grados. Me viene todo de golpe, pero lo único que se oye fuera es el trinar de los pájaros, de todos aquellos, y son muchos, que han sobrevivido a la fría noche. 

 

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