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por Fausto Lipomedes  -  24 Enero 2021, 20:31  -  #padre, #recuerdos

Mi padre ha desaparecido, se ha hecho inmaterial. Llevo dos días en casa y ni rastro de él. La verdad que era una locura verle materializado a una edad similar a la mía y, sin embargo, sentirme mucho más joven que él. Pero, esto son cosas mías que, sencillamente, me parecen paradójicas. 
Hoy, por si acaso prefiere reaparecer en soledad, me he ido a la ciudad. La ciudad y sus habitantes, casi todos tristes y cansados.  Ya no nos tocamos y también nos miramos con recelo. Se me antoja increíble pensar que antes cupiéramos tantos en las aceras, que nos arremolinásemos y nos rozásemos sin dar importancia a la cercanía, bueno, excepto los raritos, que siempre los ha habido y habrá. Pero hoy, además, he percibido también más silencio. Quizás el contacto humano sea directamente proporcional a nuestra capacidad para comunicarnos. O quizás es que ya nos hayamos dicho todo lo que nos teníamos que decir unos a otros, o a lo mejor es que antes nuestras palabras eran innecesarias y las hemos depurado hasta transmitirnos lo realmente necesario e importante. 
He vuelto con una sensación de fin, de asistir como un espectador mudo a un final lento y meticuloso. Se ha roto el futuro y estamos todos callados, atónitos, sin querer otorgar veracidad a esta realidad tan extraña. No quiero parecer un pesimista, porque además no lo soy, pero es la sensación que tengo. Mi único deseo es encerrarme es esta dura casa y esperar a que un día el cielo deje de ser azul. Leopolda sigue también desaparecida. Antes podía vislumbrar una pata emerger de su agujero, hace ya días de esto, pero ahora parece haberla escondido, o quizás haya muerto, pues ha habido temperaturas realmente bajas, o puede que un pájaro, al vuelo, haya agarrado su extremidad y con ella a toda Leopolda como aperitivo. También es posible pensar que esté hibernando tan tranquilamente, sin enterarse de nada. Lo cierto es que estoy ansioso por despejar la duda de si volverá a aparecer una vez que se suavice el clima. Hasta hace poco aún quedaban un par hilos maestros sobre los cuales sustentaba su tela, pero tampoco hay rastro de ellos, quizás se los haya llevado el viento. 
Tiene más relevancia de la que puede parecer a primera vista la desaparición de Leopolda. Estoy hablando de relevancia para mí. Había establecido con ella un vínculo. Nos saludábamos todos los días cortes y educadamente. Reconocía en ella cierta gratitud y había ganado mi respeto, simplemente por el hecho de confiar en mí, pues vivía, y ojalá aún viva, en la puerta de entrada a mi casa. 
Mi padre sigue ausente, a no ser que haya estado un rato y se haya ido después, aunque no he notado que nada estuviera fuera de su sitio. Constato, por lo tanto, que estoy solo. Espero que vuelva en algún momento, no quiero que haga lo que hacía, simplemente no estar o estar poco. No es que le eche de menos, es simplemente que creo que es importante hablar con él, simplemente poder comentar con él algunas cosas, saber cuál es su opinión porque ahora tengo muchas dudas y reconozco que ando un poco perdido, como un navío llevado por corrientes marinas en un mar relativamente calmo. 
Mañana he de recuperar mis carreras. Se me antoja un esfuerzo titánico que, en realidad, ignoro porque no renuncio a él, es como una cabezonería, como un deber autoimpuesto por alguien que hay dentro de mí al que no reconozco, o a lo mejor ha estado ahí siempre y ahora, a estar alturas emerge. Un otro yo que no sé qué edad tiene, ni que quiere, ni tampoco conozco qué objetivos tiene, alguien dentro de mi carcasa que me empuja al sacrificio a pesar de que ya es demasiado tarde. 
 

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