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por Fausto Lipomedes  -  19 Enero 2021, 21:47  -  #recuerdos, #padre, #tiempo

Hoy he pasado el día fuera de casa. Mi hogar sigue rodeado de nieve pero su reino, poco a poco, va perdiendo el poderío y la grandeza que tuvo. Anuncian lluvias y subidas de las temperaturas, por lo que en pocos días sus blancos ejércitos serán arrastrados y exterminados. Serán  borrados del territorio y de ellos sólo quedará el recuerdo en alguna charla de taberna. Quién sabe si en algún momento también los añoraremos. 
He salido temprano, he cumplido con las rutinas tratando de recuperar la normalidad de hace bien poco, pero que se me antoja tan extraña, tan lejana. Bajo a tomar mi café al bar del pueblo, pero no hay gente, falta el alboroto, echo en falta lo asiduo. 
Estoy cansado, creo que hasta extenuado, pero aun así he conseguido cumplir con rigor toda una jornada laboral. También me duele la espalda, es una contractura en el lado derecho que me obliga a erguirme en las sillas o mientras conduzco. Sólo encuentro una postura cómoda en el sillón del salón o tumbado en la cama. 
Vuelvo a casa, ya es de noche, aunque los días también son ya un poquito más largos. Supongo que la naturaleza barrunta los cambios y bajo la tierra todos sus seres deben de estar pasando de un sueño profundo a otro más leve en el que se empiezan a escuchar crujidos y estremecimientos que acabarán despertándolos. 
Por fin aparco, doy un resbalón que casi me hace caer al suelo y entro en casa. Llamo a mi padre, al que me he dado cuenta de que he dejado solo todo el día. Tampoco me he despedido de él esta mañana. No sé dónde ir a hacerlo, pues no sé dónde duerme. Mi padre no responde. Vuelvo a llamarle y de nuevo silencio. Y de pronto me entra miedo por si se ha ido, por si, de hecho, se ha ido ya hace un tiempo y yo no he sido consciente de ello. Siento una honda tristeza que acaba convirtiéndose en miedo pensado en la posibilidad de que ya no vuelva nunca más. Y pienso en toda esa gente que he tenido frente a mí y que ha acabado cansándose y que también ha desaparecido en silencio al no sentirse querida ni tampoco amada. Y pienso en mi necedad por no darme cuenta de ello, en el egoísmo y el miedo que esconde tan tremendo desprecio, y sé que pagaré por ello un precio muy alto. Y medito sobre esto en la entrada de mi casa, sin siquiera quitarme el abrigo ni tampoco las botas. Me viene todo de golpe, como una bola de fango, pero el pensamiento que conforma su materia es ordenado y no tengo dudas sobre su estructura. Y suspiro, y sin mirar el calendario sé que ha pasado un día, y me digo que mañana vendrá otro, como si la vida fuera a ser eterna, como si esperara que algo ocurriera en ella, enrocado en un presente inanimado que me empeño en considerar que no forma parte del tiempo, pero que día a día pierdo. 

 

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