Veinte minutos

por Fausto Lipomedes  -  12 Noviembre 2020, 21:13  -  #tiempo, #relativo, #desconectar

Para desplazarme a trabajar atravieso todos los días, tanto a la ida como a la vuelta, una amplia vega de formas ondulantes y repleta de huertas. Y el lugar tiene su clima particular. En verano guarda un frescor que no deja escapar y en invierno retiene nieblas persistentes que a veces se prolongan durante días. Bajo a ella, la recorro y también subo de ella, por una carretera estrecha y serpenteante con volteretas endiabladas de casi ciento ochenta grados. De tanto ir y venir ya me conozco cada curva y unos días hago el recorrido jugando con los giros y otros, la mayoría, pausadamente. Cuando me decido por esta última opción me recreo mirando el cielo, sus nubes o bien la loca luna y las estrellas, también puedo observar el horizonte, amaneceres, atardeceres, los frentes que llegan del oeste, las lucecitas de los aviones en descenso hacia las pistas, o los vuelos majestuosos de pájaros que no reconozco, algunos más grandes y otros más pequeños. También pueden aparecer, sentados en los bordes del asfalto pues no hay arcenes, conejos despistados que descienden de los montes bajos entre los que serpentea el camino o cruzan el asfalto fugaces zorros delgados y nerviosos, sus depredadores. 
Me gusta este espacio, son unos veinte minutos de tranquilidad y de equilibrio, y si bien en la ciudad me siento tenso y la pieza de un engranaje, aquí me dejo llevar por la simbiosis, sin tener muy claro que papel juego en este ecosistema, que se me antoja plácido y pacífico y en el que todos sus habitantes saben cuál es su misión, que sacrificios han de afrontar y en qué momento le toca a cada uno hacerlo. 
Este recorrido me ha servido para tranquilizarme en muchas ocasiones, para hacerme olvidar problemas, o al menos aparcarlos, para, como se suele decir, desconectar del entretenimiento, ajetreado y estúpido, con el cual se nos fuga la vida. 
Son veinte minutos, y otros veinte, cuarenta. Pero son muchos más. Es el tiempo de un viaje en el tiempo, un agujero negro que me transporta a miles de kilómetros de distancia. Es la frontera entre un lugar y otro, entre dos mundos, a veces la parábola que te permite aterrizar en otro planeta. Es irte a un viaje sin vuelta huyendo de nada y de todo y sin necesidad de decir adiós, sin lloros ni lágrimas.
Hay días que me quedo en casa y cuando así lo hago echo de menos esos cuarenta minutos, veinte de ida y veinte de vuelta. Ese día no viajo y me siento estático.  

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