Pero, ¿De qué vas?

por Fausto Lipomedes  -  14 Noviembre 2020, 19:12  -  #rutina, #qué, #hacer, #descansar, #otoño

El día es otoñal desde la mañana a la noche. Es un día silencioso, lánguido, húmedo y grisáceo. Es un día de lluvia casi imperceptible, de enormes bolsas hinchadas de humedad que parecen niebla. Las podrías pintar con una brocha gorda con un giro rápido de muñeca. Cuando no aguantan más explotan y dejan escapar moléculas gaseosas de agua que caen suavemente a la tierra. Llueve, pero no lo sientes. Lo sabes porque el suelo está brillante y las hojas ocres se arraciman formando mantos compactos vegetales y resbaladizos. 
Día adormilado, que parece no querer desperezar, ni lo va a hacer. Va a estar acurrucado y envuelto en sí mismo hasta que la noche se lo lleve. Parece haber renunciado a sí mismo y estar pensando en qué aspecto tendrá mañana. 
Me he llenado de fuerza de voluntad para ir a correr venciendo la apatía una vez más. Nadie en el camino con excepción de un par de corredores que miraban extrañados mi pantalón corto, tampoco hace tanto frío. Cómo cuestan los primeros quince minutos hasta que el cuerpo se da por vencido y claudica ante tu insistencia. Entonces, y como sabe que no le queda más remedio, decide flexibilizarse, acompasarse y sufrir así lo menos posible y de esta manera aguantará hasta que sea tu cabeza la que empiece a negar el esfuerzo.  Lo cierto es que luego sientes una gran satisfacción, la de haber vencido a la pereza. Debe de haber alguna reacción química interna que refuerza a algún tipo de sustancia dentro de ti, de lo contrario no le encuentro el sentido. Yo aún no la he identificado. 
Sudado y con mis prendas de corredor me marcho al supermercado. Me lo recorro de memoria, sé dónde se encuentra cada producto que busco, aunque de vez en cuando trastocan ese orden supongo que para hacerte pensar o para que veas otros artículos en los que no te fijas habitualmente o a lo mejor para que interacciones con los empleados y les preguntes por las nuevas ubicaciones. No me hacen picar, simplemente me cabrean. 
Mi jornada exterior acabará con un vinito, después de ducharme, en el bar de la localidad. No sé por qué lo hago. No es por el vino, pues podría tomarlo en casa. Supongo que es una especie de gesto de socialización, una forma de integrarme en algo que podríamos denominar comunidad, o quizás para estar al día o a lo mejor para verificar que nada ocurre y que todo sigue en su sitio o, quién sabe, para advertir que sigo por aquí a la comunidad que, sin duda, me identifica, como yo identifico a los miembros que la conforman. 
Se va el día en silencio, simplemente extinguiéndose, con la sensación que me persigue siempre de tener que estar haciendo algo o al menos intentándolo. Pero me limito a las rutinas propias de la subsistencia y aun así se me convierten en tareas titánicas. Me río de la situación, me pregunto si será así hasta el final, si habré de cargar con esta situación de aquí en adelante. Y tampoco es que me importe, pero me gustaría saber si estoy en lo cierto, simplemente para acomodarme a ello. Sobre todo acomodar mi cabeza, pues ambos, mi cabeza y el cuerpo, andan un poco descompasados. Uno quiere hacer cosas y el otro le dice ¿pero, de qué vas? Un drama. Vuelvo a reírme.

 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: