Moscas inmortales

por Fausto Lipomedes  -  22 Noviembre 2020, 23:54  -  #moscas, #vida, #acabar, #viven

La niebla ha estado unos días aposentada en torno a mí. Es un fenómeno meteorológico que siempre me ha fascinado, así que cuando aparece me olvido de todo y dedico la mayor parte de mi tiempo a contemplarla, a analizar su espesura o a intentar ver dentro de ella. En cierto sentido, creo que le otorgo razón de ser dejándome ocultar por ella. También busco riscos desde los que estirar la cabeza sobre ella y poder observar su manto tapando el suelo. 
La niebla, es tan extraña y tan infrecuente que da lástima darle la espalda y no prestarle atención. Y así estaba, fumando un pitillo, apoyado en la barandilla de casa, al atardecer, observando cómo había sido capaz de vencer al día y se preparaba, al abrigo de las primeras sombras, para estancarse durante una noche más. 
En esto, por la calle, andando, pasan dos mujeres, charlando de cosas intrascendentes. Me oculto tras las plantas de casa. No me ven, gracias a la niebla. Pasan de largo, pero a una de ellas la oigo decir: he puesto a tender la ropa… Ello me hace recordar que tengo que poner una lavadora. 
Se me marcha el tiempo en casa entre tareas que no son las que debería de estar haciendo, al menos en mi tiempo libre, pero así va la cosa o al menos así llevo yo la cosa. 
Vuelvo dentro de casa. No sin antes echar un vistazo a Leopolda. Está a gusto donde está. Veo que en su tela hay pequeños trofeos y gracias a ella distingo multitud de insectos voladores en los que, de otra manera, no hubiera reparado. 
Pongo la lavadora y vuelvo a mi escritorio. Me pongo las gafas y sigo con mi texto, perezosamente. Es increíble, aun viven en casa tres o cuatro moscas tardías. Ya he eliminado un par de ellas, creo que sus cadáveres andan todavía por el suelo, en algún rincón. Ahora mismo, un de ellas, está revoloteando alrededor mío. Se posa despistada, cansada, con sus alas viejas, en cualquier sitio. Yo la persigo con la pequeña gamuza de limpiar las gafas, imposible impactarla, pero está tan mayor, que lo consigo. La moca aparece ahora en el escritorio patas arriba. Con el mismo trapito la tiro al suelo. Pienso en pisarla, pero no soporto el chasquido bajo mi suela, así que la dejo allí, ya recogeré los restos. 
Me vuelvo a concentrar en el texto que, poco a poco, va tomando forma. De pronto la mosca, la misma, vuelve a incordiarme. La mosca ha resucitado. Me cabreo, tengo en casa una mosca inmortal. Bajo a la cocina a por un trapo más contundente y definitivo, pero cuando subo, la mosca ha desaparecido. Horas después me encontraré con ella, incordiándome mientras estoy en el sofá del salón. En esa ocasión ya no tendré fuerzas para prestarle la atención que merece su ejecución, así que la dejaré vivir hasta que el frío acabe con ella. Lo cual me lleva a pensar en que longevidad tiene una mosca, y si hay ejemplares capaces de sobrevivir hasta prácticamente las Navidades. 
Ya es de noche, y la niebla se ha vuelto a acomodar bien pegadita al suelo. Me envuelve aislándome de todo. Estoy a gusto, un día más. 

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