Tarde o temprano

por Fausto Lipomedes  -  27 Octubre 2020, 20:56  -  #arañas, #costumbres, #tipos

Así, por casualidad, el otro día al salir de casa me tope con una espléndida tela de araña gracias a los contrastes de luz 
Me quedé fascinado por el diseño matemático de la trampa, su extensión y laboriosa construcción. No debía de andar lejos la artista y efectivamente, allá abajo a la derecha, moraba estoica la bicho con ese aspecto amenazador y cruel. 
Me ha costado mucho respetar a las arañas. Poco a poco he aprendido a convivir con ellas, más aún en estos territorios en los que el reino animal y el vegetal se reparten el espacio con los humanos en un pacto de no beligerancia y convivencia pacífica. He leído sobre su discreción y sobre su claridad a la hora de rehuir al ser humano a pesar de habitar, en muchas ocasiones, bajo el mismo techo. También sobre sus beneficios como depredadora de insectos, lo cual es beneficioso para mí, dado lo que incordian en numerosas ocasiones. 
Así las cosas, al salir de casa y al volver a ella, me detenía en la entrada para observar al ser. 
Como araña experta, ya que no es pequeña, se acomoda en el centro de su tela y espera con paciencia infinita a que las vibraciones de un insecto atrapado sacuda su instinto. 
Han pasado días, algunos de ellos de viento y lluvia, y todas las noches, antes de irme a la cama, salía a contemplarla y darle las buenas noches. He visto sus hilos perlados de humedad, la he visto a ella vibrar y aguantar las acometidas del viento, como lo haría un crespón clavado en una bandera. 
Igual por la mañanas, buenos días. Allí se queda, en el centro de su reino, quieta, inmóvil, con sus patas prestas a recorrer veloz las vías lácteas de su universo en busca de su presa. 
Pero al cabo de una semana, he empezado a pensar que esta araña se iba a morir de hambre. Ya va haciendo frío y los seres alados voladores ya deben de estar en sus oscuros agujeros, apelotonados, muertos, convirtiéndose en larvas o quizás sus diminutas almas hayan ascendido como volutas hacia sus cielos. En definitiva, no hay bichos que puedan alimentar el empeño de la araña. 
Pero he aquí que esta mañana, la paciencia y perseverancia ha dado sus frutos y entre sus garras, quieta, a saber pensando en qué, un abejorro ya era cadáver y proteína. Fascinado me he quedado. No sin cierto temor, incluso miedo, he observado la escena, a fin de cuentas, su filosofía era la certera, tarde o temprano. 

 

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