Lunes gris oscuro

por Fausto Lipomedes  -  5 Octubre 2020, 20:25  -  #capitalismo, #salvaje, #actividad, #absurdo, #consumo, #locura

Qué día tan pleno. Bueno, habrá sido pleno para aquel que lo diseñó y me metió a mí en la ecuación o en el algoritmo que tenía que desarrollarlo (el día). 
Hay días que te sientes usado, o más que tú, tu cerebro, tanto que puedes llegar a pensar que no es tuyo, que carece de intimidad, que está metido en una urnita de cristal a merced de que que quiera tirar de él para alguna actividad. 
Me he levantado y ha empezado el jolgorio, aunque en realidad empezó anoche, ya que antes de irme a la cama puse mis cinco sentidos en unos textos, ajenos a mis inquietudes, pero necesarios para poder comer, por lo tanto, intenté dar lo mejor de mí en ellos. 
La mañana ha sido extraña, sin corriente eléctrica la mitad de ella, utilizando para estar comunicado las baterías de niquel-cadmio, o quizás de ion-litio de distintos artefactos que tienen esa capacidad de almacenar energía y de saltarse los anclajes del ser humano (uno de ellos la electricidad), para conectarse a un satélite, que ni siquiera ves, y permitirte no tener excusa para seguir contribuyendo, como casi eslabón invisible, al capitalismo salvaje. 
Llamadas, más textos, video conferencias, más textos, preguntas, muchas preguntas. ¿Qué coño le pasa a la gente? Todo el mundo parece nervioso y excitado tratando de enmascarar con un montón de actividad la inexistencia de ella. 
Pequeños mundos inservibles que aterrizan ante mis ojos, complicados e inservibles entornos llenos de incógnitas y prohibiciones, protocolos, metodologías que son inútiles para el fin último de la humanidad y sobre las cuales no puedes gemir ni eructar, está tan mal visto. 

En medio de este rugido de la marabunta de humanos convertidos en voraces hormigas, sólo quería aprovechar la hora de la comida para poder escapar al campo, a correr. Mentalmente he ido distribuyendo mi tiempo con el fin de hacerme el hueco y mientras los hambrientos insectos comían, algunos un menú, otros unos opíparos platos u otros un bocadillo, me he lanzado a mi plataforma rural a trotar como una puta cabra vieja en pos de mis objetivos, que una vez conseguidos tanto me apaciguan. 

Una ducha rápida, un almuerzo frugal y una copa de vino tinto mirando al Sol, mi descanso. Tras él, de vuelta al Amazonas cibernético, con el machete digital diseccionando personalidades e intereses. Un día intenso, como decía al principio, acabado con un libro en las manos, leyendo unas páginas de disecciones del cuerpo humano, bellamente narradas, mientras ando por la terraza. El viento del oeste otoñal trata de horadar mi cuerpo sin conseguirlo y mientras, en el primer escalón de la escalera que sube a la calle, Motitas (mi gato salvaje apadrinado), relamiéndose con un trozo de de salmón. Todo está en orden en esos unos minutos de normalidad, los que deberían inundar el sentido común, la tranquilidad y el sosiego. Unos fragmentos de secuencia subliminal de añoranza en un lunes gris oscuro, pero salvado una vez más. Gracias. 

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