Desintegración

por Fausto Lipomedes  -  25 Octubre 2020, 19:10  -  #Viento, #desperfectos, #seguro

La otra noche, no recuerdo cuántas han pasado, pero pocas, yo disfrutaba de mi cueva. Estaba protegido dentro de ella de la tremenda tormenta que se desató en el exterior.  Había encendido la chimenea y era placentero observar la afabilidad de las llamas mientras fuera se oían vientos huracanados. 
Fue pasando el tiempo, introduje un par de troncos grandes dentro del fuego y me iba dejando llevar por la somnolencia envuelto en el calor con olor a leña. 
A eso de la medianoche el viento arreció y pasó de aullar a gritar histéricamente. Movía todo fuera de casa al rodearla desde su camino del sur al norte. De hecho, era tal su furia que parecía querer borrarla de su recorrido. 
Por dos veces miré hacia el exterior intentando ver al viento, pues parecía haber adquirido forma. Pero fuera solamente había oscuridad. Decidí dejarlo en su quehacer y yo concentrarme en el mío.
Un rato más tarde oí un ruido sordo, seco, definitivo y un temblor en mis pies. Obviamente, algo de peso se había caído. Me pareció algo lejano y cómo mi casa cruje de manera regular y son numerosos los ruidos se dejan oír, sobre todo por la noche, no me alarmé. Sí, esa es la expresión, no me alarmé. 
En un momento determinado, ya avanzada la noche, decidí irme a la cama. Se me había olvidado el ruido, pero una vez me despabilé en mi camino al dormitorio, me dio por pensar si se habrían venido abajo los miles de troncos apilados tan laboriosamente unos días antes. 
Abrí la puerta de la calle, fuera la noche era, como se suele decir, de perros. El viento seguía recio y además transportaba millones de gotitas de lluvia triturada. Decidí ponerme el chubasquero y bajar al almacén de leña para verificar el estado de la madera y con mis peores presentimientos sobre su apilamiento. 
Bajé, en zapatillas, así que mis pies, a pesar de estar protegidos por unos gruesos calcetines, sintieron humedad. La leña estaba en perfectas condiciones, lo que verificaba que mi trabajo había sido excelente a la hora de ir construyendo una base sustentable. Me puede a pensar qué podía haber sido entonces lo que habría causado ese tremendo ruido. Miré las cornisas del tejado, paredes, tiestos. Todo estaba en orden. Decidí meterme en casa, pero cuando iba a hacerlo, en mi camino de vuelta, allí estaba. Todo el muro de metro y medio o dos, que limita la terraza del campo, en el lado sur, se había venido abajo. No, no se había venido abajo, había caído entero hacía adelante, sin siquiera desmembrarse, sobre las baldosas de la terraza. Allí permanecía, como el cadáver de un ser grandón que hubiera muerto súbitamente. 
No me alarmé, simplemente pensé, joder, lo que faltaba. De manera muy rápida visualicé que tendría que llamar al albañil, decirle que viniera a verlo, volver a levantarlo y, obviamente, gastar dinero en ello. Decidí irme a la cama, no sin suponer cómo habría actuado otra persona al respecto. 
No se me ocurrió lo del seguro del hogar hasta el día siguiente. En teoría, ellos deberían de cubrir el desperfecto, aunque el mundo de los seguros es cómo es, y estaba seguro de que pondrían mil y una pegas para no hacerse cargo del tema. Ya me ocurrió años atrás con unas goteras que tuve en una casa en medio del campo tras unas fuertes lluvias. Hube de ir al Instituto Español de Meteorología, que era un edificio pequeño, pequeño del siglo XIX dentro del Parque del Retiro, para solicitar intensidades de lluvia de esa zona. Al final, no había una estación de puvlimetría cercana a aquel lugar y no se pudo determinar si aquellos daños fueron causados por desastre natural, o no. 
En todo caso, llamé a mi albañil, que me dijo que subiría a verlo (aún espero), y al seguro, que me comentó que mandarían a un perito. 
Dos días después, efectivamente, se puso en contacto conmigo el tal perito. Me preguntó si estaría en casa a eso de las ocho y media de la tarde. Le dije que sí y a las nueve menos veinte llegó a casa. Ya era de noche. 
Los peritos de los seguros son seres humanos de lo más normal, son colegas, currantes con conocimientos muy específicos, unos auténticos profesionales de su oficio. Me cayó bien. Encendí la linterna de mi móvil para mostrarle el camino, desde la entrada de la casa, hasta la terraza, en un nivel inferior, ya que no tengo luz en el exterior por un problema de humedades en los cables de la luz. Obviamente, le dije que se había fundido la bombilla, ya que la gente que viene de fuera no entiende que a ti te guste estar prácticamente a oscuras. 
Enseguida vio la catástrofe, enseguida supuso que había sido el viento. Es el precio que hay que pagar por estas magníficas vistas, me dijo. El tipo era conciliador. Sacó su pequeña cámara y comenzó hacer fotos, mientras yo estaba a su alrededor. Auscultó la pared caída, construyó deducciones, acabó en poco tiempo y se despidió. Obviamente, volvió a argumentar lo de las mediciones de viento de la zona. 
Al minuto y medio, yo ya en casa, me telefoneó para decirme que se había dejado su linterna en la terraza. Salí fuera, allí estaba el hombre, en la puerta de la entrada, esperando a que le abriese, ajeno al hecho de que mi verja, no cierra. Le abrí y juntos, de nuevo con la linterna de mi móvil, bajamos de nuevo hasta la terraza, allí estaba la linterna. De nuevo arriba, salió y ufano, agarró con fuerza el tirador de la verja para cerrarla, que se descuajaringó al instante cayendo al suelo el tirador de la parte interna. No, no, no te preocupes, le dije, es que está roto. El hombre se marchó y yo pensé en qué estaría pensando de mi casa, de mí, dejando que se cayera a pedazos distintas partes de ella. Yo, por fin, volví al hogar, sonriendo, pensando que mi casa, al igual que yo, iba desintegrándose. 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: