Cruces

por Fausto Lipomedes  -  4 Octubre 2020, 20:58  -  #malestar, #síntomas, #correr

Poco a poco me voy recuperando y voy retornando a mi estado físico habitual, aunque algo sigue descolocado dentro de mí. Yo, sinceramente,  creo que se trata de algo más psicológico que físico, o puede que los males que parecen haber ganado terreno dentro de mi cerebro, se transformen en malestares de mi cuerpo. En todo caso, mala etapa. Creo que estos últimos meses y la situación extraña en la que nos vemos obligados a vivir desde hace ya tiempo, está pasando factura. Y aún la gente de mi edad tiene suerte de añorar el viejo mundo, pero los más jóvenes, los niños, puede que acaben acostumbrándose a este vivir silencioso y sin afectos, y podría ser terrible. 

Sigo con ganas de estar en casa porque continúa siendo el lugar acorazado en el que nadie puede atacarme. Se me antoja inexpugnable. Simplemente el aspecto del lugar y la imagen un poco excéntrica que transmite llevará a mucha gente a pensar: vaya tipo raro debe de vivir ahí, y ese es mi escudo. He pasado un fin de semana  alejado, tratando de concentrarme en mí y en la situación en la que vivo, tratando de decidir qué hacer de ahora en adelante y de qué manera, pues siento que he entrado en una etapa nueva y, como tal, todo es novedoso para mí.  

Supongo que esta sensación es lo que produce que mantenga esa necesidad de esconderme. Echo de menos la vida tranquila, es como si me sobrara mundo, al menos el que he conocido hasta ahora y dentro del cual me he desenvuelto. Me siento hastiado de él después de ver que no conduce a ningún lado. Sólo deseo conocer el de otros a través de los libros. Otros que se limitan a narrártelo, sin preguntar nada y dejando en sus letras esfuerzo. Es así de generosa la raza de los escritores. 

El viernes pasado medio llovía a las siete de la mañana, el viento era feroz y el cielo mostrábase morado y turbio. Aún así, me lancé de la cama para, una vez más, correr. Ignoro que me mueve a ello, pero allí estaba fiel a mi camino. Quizás sea una rara habilidad de los humanos, la de imponernos tareas porque pensamos que son buenas y excelentes para nuestra vida a pesar de que, en realidad, no nos apetezcan. 

Lo cierto es que mi malestar me estorbó bastante, y hube de parar varias veces, pues me resultaba difícil respirar con normalidad. No, no tengo el virus, creo que padezco males psicosomáticos. No disfruté con la carrera, la hice a la fuerza y sin ganas guiado por la fuerza de voluntad y la creencia de que debía de hacerlo. Pero me reconfortó encontrarme con las escasas personas con las que me cruzo diariamente a esas horas. Básicamente, porque siempre están ahí, son tres. Una chica que a veces corre y otras anda, un saltimbanqui corredor que avanza ligero como un insecto, moviendo sus brazos como torpes alas y sus piernas como las si fueran las patas trasera de un saltamontes y una tercera chica enfundada en raros ropajes. Avanza, esta última con pasitos cortos y regulares.  Va enfundada en un gorro de lana que parece peruano, una bufanda gruesa que tapa su boca, por lo que sólo quedan al descubierto sus ojos, y calzas extrañas, como si fueran distintos pantalones superpuestos unos con otros. La veo siempre llegar a lo lejos, en sentido contrario al mío, y me llama la atención que va dibujando eses, para recuperar su avance rectilíneo cuando nos cruzamos. 

Es realmente placentero que todos nosotros nos saludemos con la mano o de viva voz. Es una especie de reconocimiento mutuo, una expresión de solidaridad con esa locura de lanzarte al campo al alba.  Fue lo único agradable porque iba yo asfixiado el viernes y, por lo tanto, deprimido y perplejo con la situación física por la que estaba atravesando. Me sentía desconcentrado, incapaz de coordinar los movimientos de mi cuerpo.  Una situación extraña. En todo caso, mantuve más o menos mis tiempos, lo que no voy a decir que me satisfizo, pero si me tranquilizó. 

Quizás sólo sea cansancio, un cansancio extremo. No lo sé, ni tampoco me importa mucho. No soy de ir a médicos, siempre he confiado en que el propio organismo humano es sabio y es capaz de restablecer el orden cuando éste se ve alterado. Poco a poco parece que así es. 

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