Apilando troncos

por Fausto Lipomedes  -  19 Octubre 2020, 23:20  -  #sentido, #vida, #madera, #leña

Hoy me han traído tres toneladas y trescientos kilos de leña. Suponiendo que cada tronquito pesara un kilo, y creo que algunos pesaban menos, calculo que he tenido que colocar tresmil trescientos trozos de madera, como mínimo, de manera ordenada. 
Los he diferenciado por calibre, o se dice diámetro. He hecho tres tipos diferentes, a saber, los troncos más grandes, otros medianos y un tercero formado por los más delgados. Cada uno ha sido apilado en una zona diferente, de tal forma que cuando recoja leña pueda seleccionar simplemente por la ubicación. 
Vaya rollo, la verdad. Han llegado a las ocho y media de la mañana; por lo tanto no he podido dormir esta mañana hasta ese momento en que simplemente te apetece levantarte de la cama. Tampoco he podido ir a correr, aunque también es cierto que no tenía muchas ganas. Eran un hombre y una mujer, con sus mascarillas. Tío y sobrina, rudos y veloces. Han metido el culo del camión por mi verja y, a mano; han arrojado los tres mil trescientos troncos por la pendiente que baja hasta la terraza. Así que los troncos han rodado hasta el fondo, aunque afortunadamente, se han ido amontonando. 
La chica me pregunta la edad, ella debe de tener treinta o alguno más, y me llama de usted. La respondo y ja, ja, ja, me dice que estoy muy bien. De pronto me doy cuenta de cómo ha pasado el tiempo sin percibirlo, simplemente ya estoy fuera, he pasado a formar parte de otra esfera en la que no acabo de encontrar un cobijo adecuado, no me hago a ella, no sé cómo moverme dentro de ella, ni que debo o no debo de hacer; ni cómo mirar ni siquiera a quién o de qué manera mirar, a quién dirigirme y con que lenguaje; y supongo que a partir de aquí será así de extraño todo. 
La chica, la de la leña, me pregunta si va a venir alguien a ayudarme, y yo la miento, la respondo que sí, no quiero que sientas piedad por mí o que me perciba como un viejo abandonado. Parece reconfortada. Le digo que mi hijo aparecerá a las doce. Y luego querrá comer, dice ella. Eso no lo dudes respondo. Se sube a su camión y se va. 
Espero a que el traqueteo del vehículo desaparezca y miro la pila de leña, los tres mil trescientos kilos o los, como mínimo, tres mil trescientos troncos. Los gatos los miran también y con sus ojos descarados van con ellos de la leña a mí, sin saber muy bien qué pasa.

 

Me hago un café, subo con él a mirar de nuevo los troncos. Lo bebo tranquilo, sopesando la monótona y ardua tarea que tengo por delante. Me convenzo a mí mismo de que no queda otra opción, así que me hago con mis viejos guantes de trabajo y me pongo a ello. 
Lo bueno del trabajo físico es que consigues no pensar en nada. Dejas la mente en blanco y únicamente la usas para, en este caso, medir a ojo el calibre de los troncos, decidir cuantos vas a poder agarrar en ese viaje, calcular su peso total, la distancia que habré de recorrer con él y discernir si vas a ser capaz de llegar sin que se te escapen, decidir como apilarlos para que vayan creando una pila consistente, resoplar, mirar por dentro tus riñones, escuchar los chasquidos de tu cuerpo, las quejas de los tendones, de los músculos. 
En definitiva, se me fueron siete horas yendo y viniendo, mirando la pila de troncos que no parecía reducirse nunca. Paré en varias ocasiones, tomaba un café mirando el maravilloso día de Sol y sintiéndome preso de mi tarea. También me detuve para comer, decidí tomar fuerzas antes de acometer la recta final.
Ya por la tarde la pila fue disminuyendo y minutos después no me di cuenta de que ya había acabado. De una tarea inabarcable me encontré con una acabada y era tanta mi inercia, que además de apilar la leña continué con otras que llevaban semanas pendientes de realizar. 
Estaba agotado cuando acabé, me di una ducha y roto, desintegrado, me dejé caer en el sillón. Y antes de dejar que mis ojos se cerrarán en una agradable siesta   me pregunté si mi vida, en realidad, no haba ha sido hasta ahora eso, apilar troncos. Sonreí. 


 

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