PEGAMENTO PARA LAS RUINAS

por Fausto Lipomedes  -  28 Septiembre 2020, 21:04  -  #pandemia, #consecuencias, #efectos, #psicológicos, #2020

Creo, o no, estoy seguro de ello, que estoy acusando ahora estos últimos meses de vida extraña que, como a vosotros, nos ha tocado vivir. Quizás podamos, los de mi generación, quejarnos un poco más que los más jóvenes, pues no es justo que después de  construir un mundo siguiendo unas normas, nos gustarán más o menos, ahora hayan decidido cambiarlas todas y construir un nuevo modelo cuya última frontera es la muerte por agotamiento. 

Lo comentaba hoy con una vieja amiga que vive aislada y aterrorizada.  Me dice haber buscado una pared de piedra a la que asirse como un molusco en uno de los acantilados de la puta multinacional en la que trabaja para aguantar los embates del mar, póngase lo furioso que quiera. Yo le digo que hace bien, que ¿qué otra opción hay? Y le narro, con voz pausada, tanto que yo mismo me asombro de mi tono, que me encuentro cansado, más que de costumbre, frustrado y, como consecuencia, despistado y sin ganas de mirar hacia el futuro. Que sigo, sí, al frente, pero que miro al horizonte con cierta desidia y casi con desinterés, pues ignoro si la luz que emerge tras él corresponde a ocasos o amaneceres. 

Sin embargo, amiga mía, me ha ocurrido algo extraordinario, le digo, he echado a correr. Y aquí me tienes, sin reconocerme, levantándome de mi tibio lecho de la noche, a las siete de la mañana, enfundándome mis prendas de corredor y lanzándome al páramo con mis cascos y música cañera, antes de que el propio Sol emerja por el este. 

Yo, que en mi vida he corrido, que nunca he entendido esa actividad, madrugada tras madrugada, venzo a mis contradicciones y cuando quiero darme cuenta, estoy trotando y oliendo los pastos crecidos tras las primeras lluvias y a los que mandan a los rebaños de ovejas a, como dicen los rurales, lavarse la boca. 

Y sigo contándole a mi vieja amiga, que son esos treinta o cuarenta minutos, los más reconfortantes de mi día, que es placentera la concentración que exige el esfuerzo y la fuerza de voluntad que vence a ese deseo de parar cada cien metros diciendo ¿qué coño hago yo aquí? 

Seguiré con esto. 

Pero hoy, como siempre, me colmas con regalos y te imagino gastando tu tiempo en pensarlos, en ir a buscarlos y escogerlos, en tu ilusión al vaticinar el momento de la entrega. Como siempre, el zurrón más repleto de mí cada año nuevo es el tuyo, y me abruma, y no lo oculto, acudo como acudiría un niño nervioso confiando en ese alguien que tiene la cortesía de pensar en regalos para él. Gracias, es un trozo de bienestar, un pegamento para juntar partes de estas ruinas del pasado que ha sido presente hasta hace tan poco. 

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