Mesita

por Fausto Lipomedes  -  11 Septiembre 2020, 20:31  -  #futuro, #incertidumbre

A veces me pregunto, y es la duda más severa y seria que tengo, sobre qué decisiones tomaría, si tuviera veinticinco años menos. 

Si pudiera sustraérmelos y considerase que mi vida tiene por delante un larguísimo trecho, me resultaría escalofriante proyectarme a lo largo de él. Me parecería una locura inabarcable e inimaginable desarrollarme en este mundo de hoy en día; tan loco, esquizofrénico y absurdo, un mundo en el que no eres dueño de nada, ni siquiera de tu identidad y mucho menos de tu destino.  Un mundo gestionado por payasos y maniquíes que han elegido que recorramos la senda que lleva al final. Y espero no verlo, ni siquiera los primeros hechos que lo evidencien o, quizás, ya estén ocurriendo. 

A veces, cuando he expuesto esta duda, algunas mentes, quizás inocentes y en las que aún no chirrían las bisagras, simplemente me han contestado: “ya, ya te gustaría a ti tener veinticinco años menos”. Miro al interlocutor, le sonrío y siento una pereza enorme para tratar de explicarle qué lo que expreso es cierto, que se me antojaría agotador vivir teniendo tanta vida por delante. Además, me llevaría horas hacerlo y debería hilvanar muchas ideas.  Aún así, y siempre y cuando mi interlocutor me prestara atención, no me interrumpiera y fuera los suficientemente sagaz para leerme entre líneas, podría hacer el esfuerzo para tratar de que comprendiera que si volviera a vivir los últimos veinticinco años, básicamente, volvería a hacer lo mismo que ya he hecho. 

Pero no lo hago porque sé que no lo conseguiría o a lo mejor no encontraría los términos acertados para crear unas ideas claras y capaces de transmitirle todo esto. Puede que, sí estoy chisposo y con cierta alegría en el cuerpo, le mirara a los ojos y le dijera: Préstame atención. Y como sé que la gente que está cerca de mi, más o menos me quiere, ignoro la razón de ello, me prestaría atención. A continuación le diría: te voy a plantear una cuestión y has de responder con sinceridad. De acuerdo, me diría. Ahí voy: Tengo en mi salón una bandeja francesa de madera polícroma. Es una de esas bandejas, bastante grande (y le mostraría con gestos de mis manos las dimisiones), que tienen dos asas en los laterales, una de esas bandejas que se usan para llevar el desayuno a la cama a alguien. La bandeja descansa sobre una especie de bastidores que pueden plegarse, de tal manera que el conjunto, puede convertirse en una especie de mesita móvil más o menos bajita que puedes colocar dónde quieras, pudiendo así hacer sobre ella una cena frugal frente al televisor (muy útil para la gente que vive sola). Sin embargo, y a pesar de vivir sólo, no he encontrado la verdadera utilidad a la bandeja, pues es poco practica y además, esta excesivamente ornamentada, por lo que siento miedo de estropearla o descascarillarla. Por ello, he convertido la bandeja en un objeto indefinido que permanece en una esquina de la estancia apoyado sobre esos bastidores de madera. En consecuencia, nunca necesité esa bandeja, pero ahí la tengo, me hice con ella porque en un golpe de vista, me agradó. 

Pero bien, prosigo la cuestión. Como han ido pasando los años, de hecho puede que la bandeja lleve conmigo más quince años, su utilidad actual es la de soportar objetos, por lo que en caso de querer echar mano de ella para poder usarla como bandeja, debería antes retirar lo que descansa sobre ella, alejándola así de su utilidad primaria. Pues bien, sobre ella hay un faro de medio metro de altura hecho con piezas de un puzzle tridimensional, una peana que no creo que sea de plata, pero la imita, sobre la que descansa un elefante sentado que en realidad es una vela; un plato con cuatro velas cuadradas de fantasía, una base redonda de cristal grueso, también para una vela y una moto de plástico pequeña de policía (supongo que de mi hijo cuando era un crío). 

Muy bien, yo me muero y tu heredas esa mesa junto al resto de objetos y recuerdos que habitan en mi casa y que de alguna forma u otra tienen sentido para mí, pero, una vez yo desaparecido carecen de él. La pregunta es: ¿qué harías en esa circunstancia? ¿Respetarías mi memoria y mi orden? ¿Te sentarías frente a todo mi universo tratando de desentrañar su sentido y encontrar sus significados? 

Mi interlocutor me miraría y creo que no sabía qué responder. O, quizás llevado por la educación y el afecto, contestara que por supuesto que respetaría todo aquello. Pero en realidad, lo que ocurriría es que él valoraría que mantener y que hacer desaparecer según su propio universo, según los recuerdos de mí con los que quisiera convivir. Quizás, mantuviera aquellos, que a su juicio me definen y evidencian. Vaya usted a saber. Universos de interpretaciones y valoraciones que transformamos en razonamientos y con los que vamos construyendo la lógica del relato de nuestras vidas. Esto se acabó. 

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