Equilibrio

por Fausto Lipomedes  -  29 Septiembre 2020, 19:46  -  #2020, #correr, #efectos, #muerte, #luz, #noche

Y fiel a su cita, con pulcritud matemática, ha llegado el veranillo de San Miguel. De hecho, estoy escribiendo en la terraza de casa, con el ocaso a mi espalda y rodeado de bienestar térmico. 

No sé si os habréis dado cuenta, pero este año, a pesar del tremendo cambio climático, las estaciones han llegado puntuales, como accionada por un botón celestial. Parece que allá arriba alguien ha decidido poner algo de orden o bien han comprado un nuevo sistema dotada de Inteligencia Artificial y algoritmos. 

Hoy, una jornada más, me he lanzado al mundo de las carreras a las siete y treinta y ocho. Aún era de noche y me hacía especial ilusión llegar al ecuador de mi carrera antes de que el astro de la vida, el que no se aburre de su rutina, hiciera su acto de presencia sobre el horizonte del este, y lo he conseguido. 

Y por eso, me ha hecho gracia que mi vuelta al hogar haya coincidido con su sepultura por el oeste, cansado pero vigoroso, dispuesto a hacer mañana el mismo trabajo. 

En total, por lo tanto, he estado fuera de casa las doce horas que ha durado la luz del día, porque si no lo sabéis durante estas jornadas la luz y la oscuridad se han igualado.  Podríamos decir que han llegado a un pacto de equilibrio que durara poco, pero que nos permite a nosotros, los humanos, disfrutar de, más o menos doce horas de luz y doce horas de oscuridad. Quizás fuera ésta la medida justa para que no hubiera disputas y que cada cual distribuyera su mitad, una porción equitativa, a su antojo. 

Desde ayer ando triste porque un ser al que ni siquiera conozco, ha muerto por el maldito virus. Y ando triste porque sí lo conocía una persona cercana que la siento sufriente y abatida con el fallecimiento. Y su tristeza me contamina y me hace pensar sobre qué sentimientos albergará hacia un final tan inesperado y caprichoso.  Y en estas situaciones, soy tan torpe, o tan frío, o quizás me vuelva distante por mi miedo al final, del cual nada quiero saber, excepto en su forma, porque de lo que estoy seguro es de que no querría ser consciente de él, e irme, igual que vine, con la misma irresponsabilidad, llevado por ese alguien o sólo por la naturaleza, pues está implícito en nuestro ser el punto y final. Pero por más que lo sepamos, jamas hablamos con naturalidad, y menos aún con alegría de la muerte. 

De momento, hoy, lleno de vida, he vuelto a arrastrar a mi viejo cuerpo al páramo y, una vez más,  cuestionándome el objetivo de ello, él ha querido correr.

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