Simplemente esfuerzo

por Fausto Lipomedes  -  7 Junio 2020, 19:33  -  #correr, #razones

Los parroquianos de mi pueblo, los mas mayores, tienen una ropa de domingo muy peculiar. Veo a un gran número de ellos con unos pantalones color añil limpios y planchados y una camisa a cuadros, normalmente de colores muy claros. Los pantalones son de faena, de los que usan en el campo, pero se ve que reservan uno para ponerse guapos. A casi todos les quedan cortos y los llevan muy altos, sujetos a la cintura por una especie de cordoncillo, también azul, que forma parte del propio pantalón. Todos los que los llevan son hombres, ya he dicho que mayores, pero erguidos, duros, hombres de la labranza, rudos aunque bien afeitados y con una mirada de bondad en sus rostros curtidos. Los miro, con el pan en la mano, normalmente acompañados de un hombre más joven, supongo que hijos. Los voy viendo desde el coche mientras  me dirijo a un camino que une este pueblo con otro, en línea recta, una antigua vía de tren que ahora es un paseo de tres kilómetros de tierra prensada y piedrecitas y bordeado por almendros pequeños que ofrecen sus frutos al viandante, poniéndolos al alcance de la mano. 
Voy a correr, bueno quizás lo de correr sea mucho decir, digamos que a trotar, suelo hacerlo a lo largo de ese camino, ida y vuelta, con lo que troto en torno a seis kilómetros, a veces sólo cinco. En realidad, no sé porque lo hago. Ya no tengo edad para andarme con estas historias, sobre todo teniendo en cuenta que jamás en mi vida he corrido. Nunca he tenido cuerpo para ello. Soy ancho, de piernas fuertes pero no esbeltas y largas como son las de los corredores y las corredoras. No tengo gracia en mis movimientos y si bien me defiendo nadando o montando en bicicleta, o incluso jugando al tenis (cuando lo hacía), ahora me ha dado por correr, o por intentar hacerlo, mejor dicho. Es como si se me hubiera metido en la cabeza, como si quisiera recuperar algo que siempre quise hacer pero que siempre me negué a hacerlo. Mientras avanzo fatigado no paro de preguntarme porque lo hago. A lo mejor estoy en esa etapa de la vida en que tratamos de hacer todo aquello que sabemos que no hemos hecho pero que siempre nos quedó las ganas de ello. No lo sé. Tampoco me guía un objetivo estético, ya no tengo edad para presumir ni para llamar la atención de nadie. Por lo tanto, sólo me quedan los motivos de la salud, pero también me han dicho y he leído que correr es un ejercicio violento, dañino para los tobillos y para las articulaciones. Por lo tanto, no encuentro el motivo por el que, venciendo una pereza horrible, me lanzo a corretear. He de confesar que en algunas ocasiones he encontrado placer en ello, que he sentido una especie de coordinación corporal de todos los miembros que llevo puestos y me he sentido libre y ligero, pero en la mayoría de las ocasiones, supone un gran esfuerzo y aún así, voy y lo hago. 
Creo más bien que se trata de un tema de carácter psicológico, una especie de vencer a la pereza, a lo imposible, o quizás a lo absurdo, en todo caso es un objetivo, y puede servir. También me llama la atención de ello la soledad que representa. Es un aspecto interesante. Si bien es cierto que muchos deportes exigen ese estar contigo, se trata más de concentrarte que imponerte a ti, solo a ti , un reto, pues no hay contrincante alguno, sólo tú. Todo esto gira en mi cabeza mientras corro. Me pongo mis cascos de música, a todo el volumen que permite el artilugio y me lanzo al camino, metido en mí mismo y dejándome llevar por, simplemente, el esfuerzo. 

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