Otro más

por Fausto Lipomedes  -  22 Junio 2020, 20:26  -  #verano, #destinos, #qué, #hacer, #2020

Y llegó otro tedioso verano con sus atributos pegados a él. Llegaron los días interminables y rectilíneos de luz blanca sucia mezclada con cantos de cigarras y la opresiva sensación del calor,  calor constante, calor sin tregua. Se sucederán los días así, sin cambios, sin factor climatológico alguno que modifique el soberano aburrimiento de lo plano y sin aristas. 
No voy a decir que odie el verano, pero sí que es mi estación del año más odiada. Igual se deba a que era tan mal estudiante que no era de extrañar que mi verano se caracterizase por las broncas y el castigo de tener que acarrear los libros a lo largo del lento transcurrir de los días del estío.
El único consuelo que me inspira el verano es verlo morir, saber que lentamente se encamina, tras su explosión grotesca, hacia su defunción. Si el tiempo de luz iba creciendo hasta ahora, en poco días comenzará una cuenta atrás lenta y pertinaz, como todo en la naturaleza, que ira acortándolo, dejando a la noche ganar terreno en el ciclo. Pero eso todavía está lejos, antes hay que cruzar este desierto de visiones y colores chillones, de búsqueda de sombras, de huida hacia latitudes más frescas, o hacia otras tórridas especialmente diseñadas para albergar a humanos en sacrificios prehistóricos al gran dios Sol. 
Y este año, además, nos tienen atrapados, cogidos por las pelotas, cómo se dice para hacer gráfico, y bien gráfico, un control sensible a cualquier presión, por pequeña que sea. 
Va a ser un verano extraño, y se me antoja que eterno, un verano de alucinaciones con la boca abierta, y sujeto a arbitrariedades durante el que todos vamos a estar sin saber muy bien qué hacer, a dónde ir, por qué período de tiempo y en que circunstancias. Y hablando de bocas, la mía está cerrada o abierta, según se mire, por obras. Por lo que a mis pocas ganas de exhibirme durante esta estación, se suma este año las ganas de esconderme y ocultarme. 
Entiendo que haya gente feliz. Bueno, realmente no lo entiendo, por lo tanto, diré que respeto que haya gente feliz planificando una hipérbole de actividad frenética durante unas cuantas semanas de libertad. Más aún con los tambores de guerra lejanos con los que los agoreros aficionados, antes eran profesionales, anuncian las trompetas del fin de mundo para mi ansiado y querido otoño. Por lo tanto, hay que disfrutar de este verano como si fuera el último, hay que tostarse a tope, inflar los buches con todo tipo de líquidos de colores, transportar las ojeras de las escasas horas de descanso, dejarse seducir por las maravillas de nuestros paisajes y soñar con ese ligue o esa apasionada historia de amor de verano. 
Todos los años, a pesar de mi desprecio hacia él, le dedico un particular canto al verano y éste, prólogo del fin del mundo, no iba a ser menos. 
Todo esto le contaba a mi inquilina, la que me ha alquilado una pared de la entrada de casa por unos meses. Me ha escuchado atenta, casi con severidad, ajenas a todas estas locas historias que nos traemos los humanos, y ahora que lo pienso, si este otoño nos todos nos acabamos ella ,y su pareja, volverán a mi puerta el año próximo y eso, en medio del verano, me hace feliz. 

 

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