Nuevos amigos

por Fausto Lipomedes  -  21 Junio 2020, 19:07  -  #vuelta, #normalidad, #nueva, #sociedad

A medida que se agota este tiempo de aislamiento la melancolía se va apoderando de mí. 
La vuelta a la normalidad, que supongo que es lo mismo que decir la vuelta a lo de siempre, me hace sentir triste e incluso siento cierta frustración. Supongo que mucha gente recordará este trimestre como un período terrible y oscuro y, como tal, digno de olvidar. Sin embargo, en mi caso será una época que añoraré. Creo que no la olvidaré nunca y cada vez que lo haga lo haré con regocijo. El trimestre durante el que prohibieron a los hombres relacionarse con otros hombres; el trimestre en el que obligaron a esta raza a permanecer quieta en sus madrigueras. Noventa días durante los cuáles la raza humana desapareció de la faz de la tierra dejando emerger toda la belleza, tanto la que hemos sido capaces de crear nosotros mismos, como la de todas aquellas criaturas que se esconden  y huyen de nosotros, asustadas de nuestra locura, de nuestro afán por usar y desechar, ese afán de gastar planeta sin sentido alguno. Dejamos de pisar la tierra y la Tierra emergió. 
Poco a poco se ha ido llenando el mundo de ruidos que, sin siquiera verlos, crean un rumor continuo que hacen desaparecer a los de la naturaleza. Sí,  hace unas semanas era capaz de escuchar el zumbido de un insecto y ahora ya no. Tampoco el sonido de la brisa enredándose en las hojas de los árboles o el batir de las alas de los pájaros. A cambio tengo niños histéricos pegando gritos en torno a piscinas hinchables de plástico, chapoteo histérico de agua, risas alocadas de adolescentes jugando a tocarse o barrigones eructando y bebiendo cerveza entre alaridos y frases gruesas, dichas corriendo y sin pronunciar adecuadamente las sílabas de las palabras. 
Volvemos a la vieja normalidad, a la de siempre, y habrá ilusos que crean que esto ha sido un triunfo de todos y qué de esta batalla saldremos mejores y más sabios. Y no dudo que habrá seres humanos que hayan aprovechado este “párate y reflexiona”,  para darse cuenta de su existencia por primera vez en su vida. Habrá gente que hayan estrenado la experiencia de pensar y pensarse, de descubrir quiénes son, sus miedos, sus dependencias. Habrá quienes habrán descubierto la cantidad de relaciones que no aportan nada a sus vidas salvo ruido y una pérdida grotesca del precioso tiempo. 
Y dicen que hay gente que no quiere volver a la normalidad, que habrá montones de parejas que se abandonarán porque han descubierto lo tranquilo y relajado que es estar uno consigo mismo. Y como siempre, esos pocos que durante estos últimos noventa días sí habrán crecido como seres humanos, se diluirán en el silencio aplastados por la vacuidad de lo de siempre, por el infatilismo social y vivirán el resto de sus días desterrados por las hordas de horteras gritones que mientras engordan y consumen pasteles, marcan las tendencias.  Y los gordos y gordas blancos se solidarizarán dando de comer a los nuevos pobres sin preguntarse cómo es posible que la economía mundial se hunda en sólo noventa días. Pobres idiotas, y quizás ahora salgan a balcones a aplaudir lo que les digan qué hay que aplaudir, porque lo importante es la cohesión colgándose campanillas en sus putos cuellos de borrego. 
Esta mañana, embargado por la tristeza de volver, mi amiga inquieta y saltarina se ha acercado más que nunca, casi diría que me ha acompañado subiendo, bajando y saltando de árbol en árbol, aliviándome. Y es que, durante este trimestre en el que a nadie podía ver, he hecho nuevos amigos. 

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