El trabajo sucio de un noble gesto

por Fausto Lipomedes  -  8 Junio 2020, 20:43  -  #inmigración, #viajes, #sueño

Esta noche, o ya de madrugada, o ya habiendo la luz de la mañana inundado el día, he tenido un sueño. Un sueño atolondrado, bullicioso, un sueño de incomodidad. El sueño, me llevaba a vivir una situación absurda e incongruente, pero tenía unos enlaces con la realidad que me han hecho sonreír. 
No lo recuerdo todo, aunque sí lo fundamental de él y desde que he despertado sabía que no haría falta apuntarlo porque era consciente de que no se iba a ir de mi cabeza. Ha sido uno de esos sueño que controlas desde la realidad, no lo que sucede dentro de él, sino la consciencia de estar soñando. 
Mi sueño me ubica en París, en un París en blanco y negro y yo diría que allá por los años sesenta del siglo pasado. Puedo aventurar esa década porque en él aparece un autobús metropolitano y por el aspecto del vehículo, su estructura y sobre todo sus neumáticos, me encuentro en esos años, quizás se tratará de un trolebús de tendido eléctrico, no estoy seguro.  También puedo ubicarme en ese momento por le aspecto de la ciudad. El asfalto es de adoquines, y algunas zonas son sólo tierra prensada, apenas hay aceras, ni tampoco viandantes, aunque hay bullicio en la calle. Los edificios son bajos y hay muchas tapias ocultando solares. Todo está polvoriento, quizás sucio, abandonado, hay postes de madera que transportan un solitario hilo negro, supongo que de alumbrado o una línea telefónica básica, nulo mobiliario urbano. Debo de estar en algún barrio periférico de París y no me preguntéis la razón, pero me dirijo a la Gare du Nord. Es una estación de tren y no me llaméis pedante porque si estás en París y te diriges a la estación del Norte, has de decir la Gare du Nord. Voy en el trolebús, o quizás sea autobús, y aunque voy dentro de él también le veo girar en una especie de rotonda blanquecina y es ahí, en ese giro, cuando desde fuera, como si estuviera de pie junto al vehículo a pesar de ser pasajero, cuando veo el neumático. 
La razón por la que me dirijo a la Gare du Nord la ignoro, pero acompañó a una mujer peruana. ¿Por que sé que es peruana? Porque la intuyo, y sé que es sudamericana, bajita, oscura, vestida con ropajes autóctonos que he visto en fotos del Machu Pichu. ¿Y qué hace una mujer peruana en el París de los años sesenta? Lo ignoro, pero tengo la certeza de que regresa a su país y que el viaje es largo y complicado, y de la Gare du Nord  elle va prendre un train qui la conduira à l'aéroport . Sé que va a hacer eso, e imagino el aeroplano de hélice, plateado y precioso. 
Pero he aquí que yo voy con esa mujer porque la estoy ayudando a llevar unos odres de cuero repletos de un líquido. Son como grandes alforjas, rectangulares, con una correa en la parte superior para colgártela al hombro. Imagino que esos odres, con la estatura de la mujer peruana, irremediablemente, irán arrastrándose por el suelo, y allí estoy yo, ayudándola sin apetecerme nada hacerlo. Y la imagino subiendo al avión con ellos, además de con maletas y otros bártulos, y volando hasta su país, y antes habiéndolos subido al tren y buscando sitio para ellos, al igual que dentro del avión. Y mientras imagino todo esto no dejo de preguntarme porque se complica tanto la gente la vida y por qué viaja con tantos artilugios absurdos e incómodos. 
No puedo resistir echar un vistazo al contenido y es aceite de oliva. Aquella mujer peruana lleva dos odres de cuero de treinta o cuarenta litros cada uno, con aceite de oliva que comienza a rezumar a través de los poros del cuero en los bajos de aquellas grandes botas. No sé si va a llegar algún litro.  Imagino que tiene familia en Perú, hijos pequeños, padres, marido que se dedicará a beber y ella, después de muchos años trabajando en Europa, vuela ea su país y les lleva aceite oliva, porque allí en el altiplano, sólo debe de haber grasilla de llama, o algo así, para cocinar.
Y aquí viene la explicación del sueño. La razón del decorado y de los personajes. Yo estoy ayudando a esta peruana que regresa a su país porque mi exmujer se ha ofrecido a ello. No sé qué cojones hace ella en París, pero después de prestarle su auxilio y haberle asegurado que no se preocupase, mi ex, ahora está sentada en un café de París, en una coqueta postura, con sus piernas cruzadas y enfrascada en no sé qué tarea que le hace ser ajena a todo lo que ocurre a su alrededor. Se ha desentendido de su compromiso y, de nuevo, con ese carácter alambiqueño que tiene, ha sido capaz de anteponer la grandeza humana y la solidaridad a la indiferencia y el abandono, pero cargando a otro el muerto. En este caso a mí. Ella, como decía, en un plano que bien podría ser picassiano, toma un té, o quizás café, sentadita en aquella terracita parisina. Y ahí estoy yo, haciendo el trabajo sucio de su noble gesto. 

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