Aterrados

por Fausto Lipomedes  -  4 Junio 2020, 20:01  -  #futuro, #incógnitas, #miedo

Estamos todos cansados de esta situación y aunque queramos aparentar normalidad, nos desborda la ansiedad. Yo me siento extraño, como si hubiera de recuperar aquel que fuera y no supiera dónde encontrarle. O sabiendo quien fuera me diera miedo recuperar a esa persona o bien esa persona ha dejado de ser quien era y ahora es esta nueva realidad. 
Tengo miedo, supongo, y cuando hablo con gente de mi edad, o rondando mi edad, también me expresan el mismo miedo, una sensación de desasosiego, de despiste, de agobio. En el fondo creo que es una rebelión, una incapacidad de aceptar la realidad o la que denominan nueva realidad. No, no queremos esta nueva realidad tan sujeta a normas y conductas, tan silenciosa, tan poco efusiva y de la que han erradicado la espontaneidad. Una nueva realidad que sólo te permite aceptar lo cierto y seguro y te prohibe adentrarte en el territorio de la incertidumbre aunque, y aquí reside lo paradójico, todo, absolutamente todo, es incierto. 
Ante este nuevo mundo que dibujan yo prefiero quedarme en este anonimato en el que ahora habito. Hablo con gente y siento temor de comprometerme a nada porque el tiempo ya no es limpio ni está despejado de incógnitas, es un mundo extraño, una especie de final a trompicones, a saltos. 
El cansancio de todo esto se va acumulando. Llevo meses usando mucho la cabeza y noto.el excesivo rodaje que hago de ella. He procurado hacer deporte y moverme, pero mi cuerpo está tocado, supongo que pesa también la sexta década a cuestas y por las mañanas me levanto descolocado y con dolores. Bajar la escalera que me lleva a la cocina de casa desde el cuarto es una especie de descenso por una escarpada pendiente llena de piedras. Piernas, caderas, articulaciones, los tobillos, todo en mi se queja hasta que poco a poco va calentándose, pero no me abandona una quejido lejano durante todo el día. Me llama la tranquilidad y el reposo como únicos bálsamos de la situación, pero aunque esté sólo, se han reducido los espacios de soledad, es otra paradoja de estos tiempos, es sibilino y cabrón como se han metido en tu hogar, en tu anterior espacio íntimo y reservado, todas las gentes a la que no puedes ver, a través de las máquinas. La lucha por la privacidad es encarnizada, al menos en mi caso y si bien antes te ibas y desaparecías, ahora no puedes, estás controlado. 
Desesperanza o pereza, no sé bien por cual de ambas opciones decidirme para definir las sensaciones que definen mi tiempo actual. Quizás sea una mezcla de ambas que se van turnando. Quizás, como decía al principio, sólo sea el miedo de volver al antes porque ignoro si voy a encontrar las fuerzas para ser el que era y ni siquiera se si quiero serlo. Hoy azota el viento, y he vuelto al bar de mis parroquianos. Solo, sin nadie, sentado en una mesa del exterior. Me atiende el camarero de siempre, pálido, tan incrédulo como yo, con su mascarilla, aparentando normalidad, pero ambos estamos aterrados. 

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