Saber cómo ser

por Fausto Lipomedes  -  31 Mayo 2020, 20:10  -  #futuro, #incierto, #dudas, #miedo

A veces me da miedo expresar lo que pienso. Supongo que es herencia del entorno en el que me crié. No tanto una herencia de mi padre, Dios le esté cuidando, como de mi madre, que si bien es inmortal es también una gran miedosa, y ahora que lo pienso, quizás ese miedo y esa necesidad de precaución constante es la que alarga y alarga su vida de manera infinita. 
Esta sensación, la del miedo a expresar lo que pienso, se hace evidente cuando alguien, carente de él,  expone con la más absoluta de las libertades sus libres pensamientos y de pronto descubro que son coincidentes con los que a mi me da tanto reparo expresar. 
Entonces siento una oleada de satisfacción y de liberación y me prometo no volver a esconder ninguna idea que, tenga o no ganas de expresar, anide en mí. Pero con el paso del tiempo nuevos miedos aparecen y sobre esas intenciones se agolpan capas de ellos que acaban sepultándolas. 
Sigo encerrado y estoy instalado en el suave balanceo de la quietud. Me aterra la idea de volver a lo de antes, y en mi mente no anida idea alguna de hacerlo. Rebaño como puedo, incluso pringándome los dedos, el contenido de este tarro de aislamiento negándome a admitir que sea algo excepcional y perecedero. No tengo necesidad alguna de ver a mis congéneres, a los que ya oigo, a lo lejos, volver a sus berreos y rutinas chillonas. He recuperado, o lo ha hecho mi cerebro, otro ritmo, que no exento de momentos de tensión provocados por el trabajo, es lento y en cierto modo decadente, como una estirpe que diera sus últimos coletazos viviendo del pasado y del recuerdo de otros buenos tiempos. 
Sin querer ver la realidad, he empezado a vivir de espaldas a ella, o quizás he comenzado a habitar en una nueva, en la que por fin he encontrado el hueco en el que quería estar, que en realidad no es otro que estar sin estar. 
A mi alrededor la naturaleza sigue su curso, habiendo dado paso la sutiliza de la primavera a la explosión pomposa del verano. Los días se han alargado de manera acelerada y el Sol ya campa a sus anchas con esa orientación abrasadora del estío. Aún así, los últimos coletazos de la primavera han vuelto a traer tormentas y cielos grises, y también chaparrones violentos y esta tarde, además, relámpagos y truenos.  Las golondrinas consiguieron construir su nido en la puerta de casa y me resulta realmente grato compartir con ellas el hogar. La hembra ya está incubando y dentro de poco, un día, descubriré a las chillonas crias, que cuando salga de casa, sin que nadie las haya enseñado, callarán y permanecerán en silencio. 
También ha eclosionado la amplia familia de insectos que habitan estos lares, con toda su variedad de formas y colores y, como todos los años, el terco y tranquilo escarabajo que, insistentemente, encuentro todas las mañanas queriendo entrar en casa. ¿Qué más necesito? Me pregunto, y no sé darme respuesta, quizás nada, o quizás sólo saber como quieres ser. 

 

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