Recuperar la sensación

por Fausto Lipomedes  -  3 Mayo 2020, 23:49  -  #floración, #primavera, #sensación, #campo

El viernes me levanté contento al nuevo mayo, me desayuné y decidí bajar cartones a la basura. El día estuvo gris y continuó el aire del oeste trayendo la bruma y la espuma de las playas del Atlántico, pero con menos nubes, lo que permitió al Sol calentar un poco más. Estamos en esa época en la que las casas aun guardan el frío del invierno y si bien fuera de ellas se está agradable, dentro de ellas aún se agarran tormentas, lluvias y granizos. 
Hay veces que siento frío en el cuerpo. Es ese frío que, como se suele decir,  se mete dentro, entre los huesos, sintiéndote como un trozo de carne sin descongelar del todo y con el núcleo aún lleno de una escarcha de agujas de hielo. El viernes me levanté así. 
Un buen trozo de la mañana se me fue sin hacer nada, pero sin parar de hacer cosas.  Paseo, observo, subo y bajo la escalera, miro. Dí mis últimas pinceladas al cuadro que estaba pintando y lo di por concluido. Pensaba que estaba acabado el día anterior, pero algo me inquietaba en la esquina superior izquierda. Fui consciente de esa inquietud el jueves por la noche y, como suelo hacer, dejé la incógnita reposar, es mi método para aclarar los misterios. Y así ocurrió, el viernes por la mañana, en medio de mis pasos errantes para acá y para allá, llegó la solución y una vez que aparece, lo mejor es ejecutarla.  
Me disponía a tener un resto de jornada tranquila pero surgieron temas de trabajo, temas que se han vuelto constantes durante estos días; así que la tarde, o parte de ella, se esfumó delante de la pantalla del ordenador usando, perezosa y lentamente, el cerebro.  
Después, no sé, sentarte, suspirar y sigo sintiendo frío. Noto chorros leves, bolsas de aire fresco flotando y recorriendo las diferentes estancias de la casa.  Suelo sentirlas en la frente, y en esos momentos me quedo quieto, apretujado conmigo mismo, esperando que pasen y decidan irse hacia otro lado. 
A pesar del aire subió la temperatura. Se mantuvo del oeste, y sopló a unos veinte kilómetros por hora. 

El sábado era un día especial, pues había planificado un paseo por los campos de estos páramos. Por fin se podía salir a la calle, y la suerte de vivir en estos medios rurales es que las normas no son tan rígidas como en las grandes ciudades, así que me levanté tranquilo, me desayuné y me preparé para salir. No es que no lo hubiera hecho durante estos días, pero la idea de pisar la tierra me tentaba y a mis pies también y sobre todo hacerlo de forma continuada y sin mirar alrededor por si alguien vigila. Cogí el coche, y me largué a poca distancia de casa, donde arrancan las tierras de labranza surcadas de caminillos que usan los tractores para adentrase  en ellas y por los que me suelo aventurar. 
Aparqué al lado del supermercado, al que voy a comprar una vez por semana, y me sorprendió ver una larga cola de gente, a dos metros una de otra, esperando su turno para entrar. Allí los dejé y me inserté en la naturaleza. No me hicieron falta ni cinco minutos para sentirme de nuevo como me sentía en este lugar hace unas semanas. Ha sido como encontrarme con un viejo amigo, no hay nada que decirle por mucho tiempo que lleves sin verle. El campo estaba exultante, rabioso. Sin duda, las ultimas lluvias y la ausencias de humanos ha provocado una eclosión de la floración que ha cerrado prácticamente los caminos. Ando por ellos hundiéndome hasta los muslos en ese reino vegetal, como si avanzara a través de una espesa capa de nieve hasta que consigo llegar a una de las arterias principales de la red de caminos. Decido seguirla para poder andar cómodo y aunque no lo tenía previsto, arranco a correr, simplemente para ver cómo anda mi cuerpo que, como es natural, se resiente de las semanas sin actividad prolongada al aire libre. Soy feliz, sudo, me da el sol en la cara, el aire, cruzan bajo mis pies insectos y veo los mares de cebada y trigo peinados por el viento, huele a verde, a naturaleza y estoy yo solo, no me cruzo con nadie, con excepción de una pareja de personas mayores que, como ocurre desde que esto comenzó, parecen apartarse de mi.  
He andado hasta el “no puedo más”, reconfortante. 
Como consecuencia, la tarde fue realmente placentera, hacía tiempo que no sentía ese cansancio profundo y natural del cuerpo al enfrentarlo con el exterior. Todo está bien, he pensado. Descubro que mi pareja de golondrinas este año está empeñada en construir su nido sobre la puerta de mi casa. Las oía revolotear enloquecidas a mi alrededor, y he alzado la vista y allí estaban los primeros pasos de la nueva obra y el suelo, claro, lleno de pegotes de barro y de agujas secas de pino, los ladrillos de su nido, y de hormiguillas enanas que supongo, transportan en el pico junto con el material de construcción, a todo ello se suman las cagaditas. En fin, este año me toca limpiar y limpiar. Sin duda, está subiendo la temperatura y el aire, aun manteniéndose, ha moderado su virulencia y sopla del sur. 
Mañana arrancará la semana, y la preveo dura. Hoy el día ha sido caluroso, configuración de verano. Nuevo gran paseo mañanero y prácticamente sin cruzarme con nadie, salvo otro matrimonio mayor que, me hace mucha gracia, te miran como si tu estuvieras contaminado y ellos no, jaja. Otro día de cansancio físico, y me agrada muchísimo volver a recuperar esa sensación. 

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