Volver al cauce

por Fausto Lipomedes  -  11 Abril 2020, 18:55  -  #rutina, #párvulos, #ñoño, #radio, #magazine

Nunca entenderé porque un gato al que llevo dando de comer ya años, es incapaz de permitir que me acerque a él y, sin embargo, sigue viniendo todos los días a que le dé algún alimento, escapa a cualquier lógica de las dinámicas de relación. Comparto con él mi pescado, ya sea atún o salmón, del que corto unos trocitos antes de cocinarlo. También, y cuando me acuerdo, le compro fuet en el supermercado, así me aseguro de poder disponer de algo que darle (le corto seis o siete lonchitas) cada vez que aparece en el alféizar de mi ventana. También procuro que el alimento sea para él (o ella), ya que a veces aparecen más gatos y trato de espantar a los demás, pero ella (acabo de decidir que es hembra), es tan asustadiza, que las maniobras que utilizo para echar a los demás, es a ella  a quien más alejan. Es todo un caso de gata, y quizás yo me he empeñado en tratar de hacer una amistad imposible, pero de todos lo gatos que me rodean he ido a elegir al más receloso de los humanos. Hoy, y con esto acabo, le ha dado unas lonchas de fuet al mediodía, de hecho ha aparecido cuando estaba a punto de preparar mi comida, y se las ha zampado bien a gusto. Pues bien, un par de horas después, abro la puerta de casa, y allí está ella, a cuatro metros de mí, acorralada en una esquina de la terraza, y se ha puesto nerviosa al sentirse sin escapatoria. Me he quedado quieto para hacerla saber que mis intenciones no eran agresivas, pero no ha parado, completamente estresada,  hasta que ha improvisado un salto imposible y ha escapado de mí y me pregunto ¿por qué? Es un auténtico misterio si tanto acude a mí, su afán por estar lejos de mí. Si tuviera poco tiempo para dedicar tiempo a estos pensamientos, supongo que no pensaría en ello, pero ahora todas estas realidades que me rodean han despertado mi interés.
A veces estoy a punto de romper mis rutinas, de decidir mandar todo a la mierda (ahora no hablo de la gata), y dejarme llevar por la apatía, siento como rozo ese límite y las tentaciones de cruzarlo y abandonarme son grandes, pero enseguida reacciono, respiro hondo y vuelvo al cauce. Un día anodino, de más Sol que nubes, aunque ahora estas últimas parecen ganar terreno al azul blanquecino. Enciendo la radio y todo está lleno de gente guay y ñoña que ni sufre ni padece, capaz de aclimatarse a todo lo que le impongan, meapilas y con olor a colonia, parlanchines de lo obvio con mensajes diseñados para párvulos, y dicen que el mundo va a cambiar, y una mierda. Así que me dedico a ver las fotos colgadas en mis paredes y la magia que tienen. Veo a mi padre, fallecido ya hace tiempo, y me veo a mí, muy pequeño, sobre sus rodillas, y vuelvo a mirar a mi padre, mucho más joven que yo en esa foto y yo, mucho mayor que él ahora, observando su juventud. No deja de parecerme paradójico. Y ahora veo una foto mía con mi hijo. Él debe de tener nueve o diez años en ella y yo cerca de los cuarenta y pienso si cuando él la mire, a sus cincuenta, pensará igual que yo. 

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