Quédate quieto

por Fausto Lipomedes  -  9 Abril 2020, 19:30  -  #futuro, #recesión, #recuperación, #soluciones

A mi vecino, el de mi derecha según salgo de mi casa, le ha dado un ataque de ansiedad. Lleva desde ayer golpeando una ventana con un martillo. No me molesta el ruido, pues llega mitigado y apenas es un eco, pero las vibraciones de su quehacer llegan a mí cómo pequeños rumores sísmicos a través del subsuelo. Sé que sigue trabajando, y así lleva, sin descanso, más de veinticuatro horas (para para dormir), porque, simplemente, las débiles ondas continuan muriendo cerca de mis pies. 
No me importa, pero me hace preguntarme si no debería estar haciendo algo similar, en definitiva, si no debería estar dedicado a alguna tarea, porque el día de hoy, salvo mover un poco el cuerpo, objetivo que me impongo todos los días, se está yendo con una pasividad y dejadez dignas para ilustrar un tratado sobre la pereza. 
Supongo que también hay que dar algún tipo de descanso al cuerpo, pero tengo esa jodida manía de tener que ocupar el tiempo con algo que, a medio plazo, sepa que me va a proporcionar algún placer, del tipo que sea. 
Tampoco el día ha acompañado mucho, o todo lo contrario, pues ha sido plomizo, húmedo, con una especie de agua en suspensión que no ha parado de humedecer todas las superficies, lo cual casi obligaba a mirar por la ventana desde el calor de la casa, desde la confortabilidad del sofá. Quizás, si hubiera lucido el Sol la luz hubiera llamado mi atención y me hubiera conseguido sacar de este ensimismamiento por la nada que me inunda.  
Oigo las noticias y lo cierto es que también invitan a quedarse quieto, a esperar tranquilamente el fin, casi te empujan a ello, a que te acomodes y, tranquilamente, te dejes llevar. Es muy asombroso los dos mensajes que se están cruzando, el de la enfermedad, con sus frías estadísticas, y el de la recesión brutal que nos espera cuando salgamos de este aislamiento. Viendo así las cosas, señores, quizás se lo mejor permanecer encerrados eternamente y esperar a que el planeta deje de sernos reconocible. Perder la noción de él, olvidar a los amigos, a las personas con las que antes compartías cualquier tipo de cosas, perderlas en una nebulosa del pasado y dejar de sentir cualquier tipo de necesidad por volver. Olvidar nuestras habilidades, lo que sabíamos hacer, no ser conscientes de lo que conocemos y dominamos, volver al origen sin sentido alguno, descolócanos, desorientados, desubicados. Da pereza, realmente la da, pensar en hincar el codo para levantar la situación, que a fin de cuentas, no es más que volver a poner la máquina a producir para nutrir las arcas de los diseñadores de esta colonia extraña y paradójica que es la humana. 
Mi vecino sigue con su martillo, siguen los golpes sordos, rítmicos, pesados. Me recuerda a una obra faraónica, a esclavos latigazos, a pueblos oprimidos y condenados. Quizás sea su forma de no pensar. Romper, destruir y sólo para, a lo destrozado, darle una nueva forma. después de todo es lo que venimos haciendo desde hace tanto tiempo. 

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