Pensar en el cielo

por Fausto Lipomedes  -  29 Abril 2020, 19:30  -  #Pintura, #trazos, #pintar, #método, #aprender

Hoy sigue el aire del oeste, sopla constante a treinta kilómetros por hora. Llevo dos días pensando en el cielo y dando vueltas y vueltas sobre su aspecto. 
Me acerco a él, le observo. Me alejo de él para, desde más lejos, mirarlo. Miro sus nubarrones, sopeso lo oscuros que son o si son demasiado oscuros, o todo lo contrario, no lo suficientemente oscuros. 
Quiero un cielo como muchos de los que está habiendo esta primavera. Un cielo vaporoso, limpio, un cielo que sí, que ha traído lluvias, más ligeras o persistentes, y aires, también suaves y fuertes, y brisas placenteras y por supuesto calmas dulces. 
En un cielo, al que a veces no miramos mucho porque siempre está ahí arriba, se puede pensar. Puedes cogerlo y dejarlo  como imagen de fondo en tu cerebro, atrás, como un gran tapiz de fondo de escenario mientras usas tu vista y otras partes de tu masa gris en otras historias. En ese tapiz retienes las sensaciones que te ha causado y ese efecto que buscas en él y que no sabes cómo encontrarlo. Das vueltas y vueltas en el subconsciente sobre ello, hasta que se te ocurre un posible camino y poco a poco vas ahondando en el trayecto y que necesitas para recorrerlo. 
Tengo la sana o insana costumbre de dejar mis dos pinceles preferidos metidos en trementina y si tengo una idea que creo que pueda solucionar un problema o a veces sólo un anhelo, dejo lo que esté haciendo para ir corriendo frente al lienzo y probar la formulación. Es un proceso precioso, es una exaltación de los sentidos, es alegría para el espíritu. A veces me ha ocurrido que estoy hablando con alguien por teléfono de asuntos terrenales y me ha asaltado, así, de golpe, la opción, y sin decirle nada a mi interlocutor, pongo el altavoz del dispositivo, para dejar mis anos libres y manchar con color la tela, suavemente, de forma contundente, deslizando con delicadeza o estrellando el trazo del pincel. De fondo oigo las palabras del teléfono, asiento o hago un sonido dando a entender que escucho, pero estoy alejándome y viendo el resultado y unas veces sonrío y otras me vuelvo sombrío y es fascinante dar con la clave y desquiciante no saber cómo hacerlo. 
Estos días me han devuelto mi interés por la pintura. Bien es cierto que es un interés que he mantenido siempre vivo a lo largo de mi vida, pero al que nunca me he lanzado, al menos con tantas ganas como ahora, quizás gracias a esa caja. 
Soy vago para ella, me cuesta ponerme a ello. Me da pereza manchar, mancharme, pero una vez que has arrancado y has dado los primeros trazos, se va multiplicando, como las células, un mundo de colores y tonos, contornos oscuros que delimitan o blancos que sutilmente invaden espacios para darles luz. 
Estoy acabando un cuadro, he ido resolviendo montones de incógnitas y sólo me queda una. La tengo reservada para el final, la acorralo, la dilato en el tiempo, esperando tener el espacio para lanzarme algebraicamente a ello, y tengo ganas de ello. 

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