Océanos

por Fausto Lipomedes  -  13 Abril 2020, 19:50  -  #viajes, #Pacífico, #Atlántico, #soñar, #sensaciones

Hoy, como todas las mañanas, lo primero que he hecho es conocer el tiempo. Abro mi ventanuco en la puerta y miro, al cielo y al suelo. Ha llovido, vuelve a estar todo mojado y los charquitos que se habían formado sobre el suelo de terraza estaban siendo salpicados por gotas esporádicas de un lluvia apenas apreciable.  He torcido el gesto, pues lo primero que hago es darme un paseo para estirar un poco el cuerpo. Aún así, me he duchado, he tomado un café y me he puesto mis zapatillas para salir. Habría de ser una caminata corta pues hoy volvía al mundo y me tocaba ponerme a trabajar, asunto que me ha dado un pereza absoluta. 
Una vez fuera, y nada más doblar la curva de mi calle, flanqueada por una pared de piedra de la casa frente a mí,  me doy de bruces con una chica con dos perros. Los dos nos hemos quedado un poco parados, como habiéndonos descubierto haciendo algo prohibido. Bueno, supongo que yo algo más prohibido pues no llevaba perro alguno. Pasea a dos canes, una pastora alemana, que enseguida a comenzado a ladrarme con fiereza, y uno más pequeño, rechoncho, lleno de pelos largos, muy simpático, que ha pasado de mí, supongo que entusiasmado con lo de salir al campo.  He imaginado que los llevaba a un pequeño parque que hay a la derecha según avanzaba ella. Aunque a ambos nos hubiera encantado no cruzarnos, lo he hecho y he levantado el brazo en señal de saludo, aunque ella no me ha contestado, creo que conmocionada por haberse encontrado con un humano de manera imprevisible.  Yo he acelerado el paso, queriendo hacer ver qué iba a algún sitio, aunque no voy a ninguno, ya que me limito a recorre mi calle y al cabo de ciento cincuenta metros, más o menos, dar medía vuelta. Es un recorrido limitado y en el que no se avanza hacia ningún destino. Pero por suerte, mi calle es un tremendo círculo que vuelve a acabar frente a la puerta de casa, así que me he aventurado por él, una zona para mí inexplorada habitualmente y flanqueada por los muros de otras casitas a ambos lados. Es una zona oscurecida por pinos altos que en sus copas chocan unos con otros creando una bóveda verde y produciendo que el paseo se haga sombrío. Son unos metros extraordinarios para el verano pero oscuros y misteriosos en el invierno o los días grises como hoy.  Me ha servido para constatar que efectivamente aquí no hay nadie. Las casas están cerradas y no se percibe actividad ninguna dentro de ellas.  Las plantas que emanan desde los jardines de las casas parecen haber crecido mucho y las trepadoras y todas esas especies  enredaderas que se usan para cubrir los muros, se los están engullendo. Las últimas lluvias, y hoy volverá a llover, ha creado hojas desmesuradamente grandes y carnosas de un verde intenso. Hay un trinar enloquecido de pájaros que revolotean allá arriba y me he sentido tan tremendamente solo y único. No sé la razón por la que he pensado que paseaba por una zona residencial de una ciudad latinoamericana. Debe de ser porque los vecinos de esta parte, aprovechando la oscuridad del lugar, han plantado especies más exóticas, como palmeras, mezclándose distintos tonos de verde y formas de vegetación a modo de entorno selvático. Si cierras los ojos puedes pensar que el Atlántico o el Pacífico están cerca y que alguien con blusón blanco y un sombrero de paja, bajito y cetrino, se va a cruzar contigo. Sigo la calle, en ligera subida, vuelvo a casa . 

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