Incapaces de hablar

por Fausto Lipomedes  -  4 Abril 2020, 19:22  -  #soledad, #diálogo, #incomunicación, #reflexión

Los jóvenes que convivían conmigo, Me refiero a mi hijo y a su joven mujer, no van a volver; al menos hasta que esta situación de película de terror no se acabe. Y si he de ser sincero, en el fondo me alegro. Aunque tampoco sé muy bien porque usamos esa expresión de en el fondo. Simplemente me alegro. Tengo la certeza de que ambos quieren vivir esta situación y afrontarla de manera autónoma. Y me congratula que así sea. 
Yo me he hecho a estar conmigo mismo, siempre me ha gustado aislarme, aunque es muy distintos aislarte del mundo que formar parte de un aislamiento forzoso del propio mundo. Aún así, ya me he organizado y aunque no puedo comentar con nadie mi planificación del día, salvo conmigo mismo y en silencio (dialogo con mi cerebro), he conseguido imponer rutinas frente a la apatía y al dejarse llevar. Quiero pensar, y estoy seguro de ello, que todo el mundo está haciendo lo mismo, sobre todo a medida que van pasando los días y ya empezamos a estar cansado de demostrar a los demás lo fantásticos o lo cabreados que estamos. Llega un momento que nadie te escucha, que nadie te atiende, y es el momento de volverse hacia uno mismo y dejar aflorar al otro ser, idéntico a nosotros, que representa el sentido común, el otro ser virginal que nunca se mancha ni se contamina con el día a día, el cabal, el ser humano puro que somos. Desaparece la furia y la rabia, y entra en juego la lógica de la supervivencia, el afán de salir adelante con los menores perjuicios posibles. Es ese momento sentimos vergüenza de lo expresado anteriormente e incluso queremos borrar lo expresado o deseamos que los demás no te hayan escuchado o ya hayan olvidado lo que hemos dicho. 
Hoy he descubierto a mis nuevos vecinos debajo de mí. Desde mi casa puedo ver su tejado y parte de su terraza, así como una claraboya que supongo forma parte del dormitorio superior. Precisamente ha sido en la terraza donde los he visto sentados en sendas tumbonas frente al Sol, y me he acordado de golpe de Edward Hopper.  No sé si lo conocéis, pero si no es así, os lo recomiendo, es un pintor norteamericano que plasmó la apatía, la soledad, la desesperanza de la vida en los Estados Unidos. En sus cuadros siempre hay gente sola y alienada mirando al horizonte o por una ventana, paisajes urbanos de suburbios rotos por vías férreas, barrios periféricos sin futuro o grupos de personas que, a parte de no hablar entre ellas, sabes que nos incapaces de hacerlo aunque quisieran. Están concentradas en si mismas, reflexionan, y no se sabe muy bien si lo consiguen o no, pero sus personajes, lejos de estar tranquilos, están todos ellos abstraídos, creo que tristes, protagonistas únicos de lienzos matemáticos, fríos, aunque llenos de colores, a veces extraños.
Bien es cierto que no creo que mis vecinos, a los cuales no había visto nunca, conozcan a este pintor, pero sin saberlo y, por supuesto, sin quererlo, se han transformado en unos modelos perfectos del artista. Por la tarde han sustituido las tumbonas por un coqueto rincón de restaurante con dos butaquitas en torno a una mesa de mimbre redonda. 
 

 

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