Ignorar los vínculos

por Fausto Lipomedes  -  10 Abril 2020, 13:37  -  #naturaleza, #vuelta, #interés, #venganza

Ha amanecido un día invernal, al menos de aspecto, pues la temperatura es suave. Llovizna.  El cielo, blanco y nebuloso, se ha pegado al suelo y apenas hay un kilómetro de horizonte, perdiéndose a esa distancia la noción de la profundidad en una acuarela de un blanco sucio. Aún así, me he enfundado el chubasquero y unas zapatillas de andar y me he lanzado a hacer mi ronda por mis alrededores. Ahora me dedico, además de a andar, a recoger todos aquellos desperdicios que ensucian el terreno en torno a la casa y pacientemente los voy depositando en las papeleras. Recojo alguna lata que otra, placas metálicas no sé de qué, cascotes, ramas que entorpecen los caminos, trozos de ladrillos o piedras excesivamente grandes. Mientras lo hago no pienso en nada, concentrándome exclusivamente en la tarea. 
Como en anteriores días festivos, la tranquilidad es doble, apenas pasan coches que dejan en su recorrido ese ruido característico de los neumáticos cuando ruedan por el asfalto húmedo. Respiro hondo y mis pulmones se llenan de la naturaleza húmeda. Me detengo a veces para observar todo lo que nace verde. Hay especies que ya están desarrolladas, pero otras parecen estar despertando ahora a la vida. Esta primavera, por las circunstancias, parecen hacerlo con más fuerza y vigor. Los pinos han soltado alguna piñas, así que también me dedico a recogerlas y cada vez que en mi ronda paso por delante de casa, las voy depositando en un cubo que he preparado a tal fin, servirán para usarlas como combustible inicial para arrancar las chimeneas del próximo invierno, si es que llegamos a él. Los gatos están semiescondidos, agazapados entre los matorrales y observan mis evoluciones, supongo que tratando de explicarse los movimientos elípticos de ese humano, pero al mismo tiempo sorprendidos de ver a alguno. Los pájaros, como suele ser habitual los días grises y lluviosos, están callados, los supongo estoicos, posados en las copas de los árboles soportando, con su plumaje hinchado, las gotitas de agua. 
Anoche, antes de costarme, salí a la terraza a comprobar si cantaban las ranas y sí, con todas sus fuerzas, indicando que iba a llover. Me he enterado que son capaces de predecir la lluvia a través de unos detectores sísmicos que tienen en el oído interno, y que cuando lo confirman, salen del subsuelo para humedecerse. Cuando acaba la lluvia vuelven bajo tierra, dónde pueden retener más fácilmente la humedad de su cuerpo. 
Disfruté con su canto y también me fui a dormir con la sensación de que todo estaba en su sitio. Con el asombro de todas esas cosas que ocurren a nuestro alrededor y de las cuales no nos enteramos, salvo cuando la quietud nos devuelve el interés hacia lo que nos rodea. Hemos perdido el interés por lo próximo en favor de quimeras abstractas y suposiciones. Cada día vivimos más aislados, que paradoja, de la naturaleza de la que somos parte y ahora, que nos han aislado a unos de otros, volvemos nuestro interés hacia ella que nunca nos negó los vínculos, simplemente los ignoramos. 

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