Golpeadas

por Fausto Lipomedes  -  20 Abril 2020, 18:46  -  #tormentas, #granizo, #efectos

Hoy las brujas han decidido soplar y soplar durante todo el día agitando todo a mi alrededor. Parecen haberse puesto todas de acuerdo para inflar sus carrillos arrugados y blanquecinos y soltar el aire sibilante entre sus dientes, no en muy buenas condiciones. 
Este aire enloquecedor ha hecho que no hayan aparecido muchos animalejos a los que esperaba ansioso para amenizar mi lunes perezoso. Supongo que estarán escondidos y resguardados en ramas o dentro de arbustos. Por no aparecer, no han aparecido ni las hormigas, que ya están explorando incansablemente los suelos en busca de comida hace tiempo.
Aún así, no ha sido un mal día, pues ha transcurrido entre nubes rápidas y un Sol que hoy se ha mostrado más frío. Desde luego no ha sido malo comparado con el fin de semana, ya que el sábado de madrugada la naturaleza desató no sé si toda, pero sí una buena parte de su furia. Y cuando Ella decide hacerlo me río yo de los planes maliciosos de las meigas. 
A las doce de la noche, quizás un poco más tarde, ya pude percatarme de grandes flashes que iluminaban toda la bóveda del cielo, pero sin ruido alguno. Como suele ocurrir, pensé que la gran tormenta se desarrollaría en las lejanas sierras cuyo perfiles puedo ver desde casa, así que me fui a dormir con tranquilidad y no voy a negar que con cierta decepción, pues me chifla ver llover o sentirme guarecido en casa ante las inclemencias climatológicas. 
Como todas las noches leí un rato en la cama hasta que los ojos comenzaron a pesarme y los brazos a no tener fuerza para sostener el libro. Apagué la luz y me despedí del mundo hasta que decidiera volver a despertar a él. A propósito, que fue ciega tenemos en volver a hacerlo. Si pudiera elegir la manera de morir, sin duda sería así, completamente inconsciente de mi final. 
Todo fue bien, o eso creo pues no era consciente, hasta que unos ruidos sordos comenzaron a colarse en algún subconsciente de los que funcionan en nuestras noches. Y aquellos ruidos se hicieron graves y rugientes y dentro del lugar donde estuviera en aquel momento, no sé si solo o con alguien, comencé a buscar en mi oscuridad al monstruo, o si no fuera tal, la amenaza; pero lejos de eso, mis párpados cerrados no sirvieron para que mis ojos no detectaran luz que iba y venía como si alguien jugara a apagarla y encenderla  en mi cuarto, y a todo ello se sumó un repiqueteo ensordecedor de más que millones de gotas golpeando los cristales de las ventanas y las tejas sobre mí con la clara intención de horadar todo lo que la impedía llegar a mí. Todavía en sueños, no pude discernir si la tormenta era de carácter onírico o correspondía al mundo real, pero en ese estadio entre las dos realidades pensé en los mirlos que duermen sobre mi cabeza y en cómo lo estarían llevando. Fui consciente de que al pensar en ellos mi ser estaba más cerca de lo real que de lo imaginario y decidí, pues ya estaba al borde de ello, despertarme. 
Pero fui mucho más allá que simplemente despertarme, me levante directamente de la cama decidido a pasar de un mundo al otro como un sonámbulo, y fui testigo de una de las granizadas más feroces que recuerdo. Eran las cinco de la madrugada y vi a mis plantas sufrir, aguantar estoicas los golpes, con las cabezas gachas pero también erguidas y desafiantes. Quizás el único ser vivo con miedo fuera yo, que esperaba, de un momento a otro, el gran derrumbe. Decidí vestirme. 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: