El afecto al reconocernos

por Fausto Lipomedes  -  3 Abril 2020, 18:35  -  #conductas, #humanas, #animales, #similitudes

Hoy ya parece un día de primavera tal y como debe de ser. Y no es que me alegre, pues si pudiera elegir optaría por el semestre del otoño y del invierno frente al de la primavera y el verano; simplemente es que el primero me parece más discreto y real que la frivolidad y la ampulosidad que provoca el Sol. Pero bueno, dadas las circunstancias, igual todo puede parecernos más normal bajo la luz prometedora de la primavera. 
Hoy el día está siendo radiante, el cielo se ha elevado. Las nubes han desaparecido y corre una ligera brisa muy agradable.  Los pájaros parecen más animados, aunque no están al cien por cien del ajetreo que pueden llegara a tener. Tampoco los insectos, quizás asustados o arrasados sus nidos por las últimas lluvias. Sin embargo, la configuración del verano va tomando forma y ya se  han dejado ver las primeras avispas. 
Si fuera científico no me sorprendería verlas, pero como no lo soy, y me alegro de ello, siempre me sorprende. Si fuera científico tendría todas las claves y nada de lo que ocurre a mi alrededor, por repetitivo que sea, y la naturaleza se basa en ciclos infinitos, me sorprendería. Y hoy viendo a la primera avispa de la temporada, me he estado preguntando sobre la memoria del reino animal. Si hablara con un zoólogo estoy seguro de que me lo explicaría mediante la generación de sustancias químicas o atributos únicos de ciertos animales, pero prefiero no hacerlo, tampoco me interesa meter racionalidad en todo. 
Prefiero sorprenderme y preguntarme la razón por la cual, año tras año, la pareja de golondrinas se empecinan en montar su nido en una esquina de la entrada de mi casa. O porque, apenas a dos metros de ellas, se concentran, irremediablemente, decenas de avispas. A veces no me doy cuenta de ello, pues cuando salgo de casa no miro hacia arriba hasta que no he traspasado el pequeño porche y sé que me encuentro bajo el cielo. Ocurre, por lo tanto, que quizás en junio mire al techo de la entrada y esté todo ya montado, el grupo de avispas y un proyecto de nido de golondrinas con sus pegotes de barro y sustancias salivares pegados en la pared vertical. Y no deja de sorprenderme que, año tras año vuelvan, al mismo lugar, al mismo punto concreto del universo. Tampoco sé dónde van mientras no están aquí, ni tampoco me interesa. Supongo que las golondrinas emigrarán, no quiero saber dónde, y supongo que las avispas morirán. Pero lo fantástico es que un año después, matemáticamente, reaparezcan y se presenten a mi y me gusta pensar que porque se sienten cómodas y me tienen algún afecto. Y todo está en su sitio, donde ha de estar. 
Ayer y hoy he salido al mundo. He andado solo por las calles, sólo me he cruzado con tras personas que al verme se ha cruzado de acera. Me ha hecho gracia, aunque he agradecido que lo hayan hecho y hayan tomado ellos la decisión. Creo que yo me hubiera mantenido en la misma acera, supongo que con ciertos reparos, pero como una señal de esperanza, de solidaridad, hasta de amor. Creo que va a costar recuperar la confianza entre nosotros, que pasarán muchos meses antes de que nos toquemos y nos abracemos con desconocidos, aunque antes de todo esto ya había muchos que eran reacios a ello, pobres imbéciles, lo mejor que tenemos es el afecto mutuo al reconocernos.  

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