Cosas del atardecer

por Fausto Lipomedes  -  28 Abril 2020, 19:26  -  #replantar, #árboles, #otoño, #futuro, #final

El atardecer, el mejor momento de mis jornadas. Hoy el día ha sido ventoso, con un aire frío. Quizás sea uno de los últimos que provengan del oeste, del Atlántico, antes de que se impongan los del sur. Mi casa, que mira hacía Lisboa, lo recibe de frente y es lamida desde sus pies hasta su cabeza, y cuando yo me asomo, a mí también me lame llenándome los sentidos de lejanos aromas.
Hoy no ha pasado nada salvo trabajo. Anda la gente de los negocios ávida por saber qué cojones pasa con este país, si volvemos pronto a poner la máquina en marcha, la de producir cosas y después venderías, sirvan para lo que sirvan. Al margen de ello, de escuchar a estos hombres y mujeres del dinero como desde el fondo de una caracola, nada en particular. Bueno, salvo la visita de una pareja de hombre y mujer, rechonchos, bien alimentados, felices, que han parado frente a mi casa, comenzando ella a decir hola a voz en grito. He salido, me he disculpado porque el timbre no funcione y me ha preguntado si quería una mascarilla. Me ha hecho gracias, sí, le he dicho, y cuántos sois en casa, me vuelve a preguntar, me invento a una persona y digo que dos. Me da un paquetito con dos telillas a las que se adhieren unas gomas y pienso mirándolas que aquello es imposible que me libre de nada, pero el gesto me parece simpático, hasta ameno. Y cuando se van, en su furgoneta gris sin distintivos, va y me da por pensar si esa mujer joven, gruesa, feliz, dedicada al servicio público en cuerpo y alma, da igual en qué circunstancias, si para amenizar una ginkana de niños o para suplir de material sanitario a la Humanidad ante una catástrofe mortal y terminal, si será el último ser humano con el que hable o al que vea. La idea no me desagrada. 
El atardecer es fantástico. Es uno de esos días indefinidos al que les puedes poner la estación que quieras, y hoy podría ser otoño. 
He colocado un árbol en el alféizar de la ventana del cuarto desde el que trabajo. Ese arbolito comenzó a crecer haciéndose el tonto, descubrí su tallito hace ya unas semanas, y sé que es un árbol por sus hojas, las de la especie autóctona de estos riscos, que es dura, resistente, capaz de soportar el clima tórrido de un par de semanas del verano y los fríos heladores del invierno. Yo también me hice el tonto y le dejé cuajar. Había emergido en un tiesto grande, prácticamente al borde. Y esta mañana, dando mi ronda matutina por mis agrestes alrededores, me he encontrado también un bebé pino, nacido en otra esquina imposible y en terreno arcilloso y húmedo tras tanta lluvia. Me ha dado lástima, así que he tirado de él suavemente y como un niño se ha venido conmigo. Ha salido con suavidad dejando al descubierto una raíz tierna, sedosa, de casi medio metro de longitud. He decidido adoptarlo. Consecuencia: he sacado del gran tiesto al arbolillo autóctono plantándolo en un pequeño tiesto y el proyecto de pino ha ocupado su puesto en el gran tiesto, previendo que crezca. Lo pienso y me doy cuenta que quizás no le vea crecer, porque ya ti
enes esa edad en que eres consciente de aquello que vas a ver y de aquello que no, pero igual pueden enterrarme bajo él, dentro de ese mismo tiesto.  

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