Sin tocar el suelo

por Fausto Lipomedes  -  21 Marzo 2020, 15:44  -  #aislamiento, #observar, #síntomas

Vivo fuera de la gran ciudad, apartado, en un risco en medio de una altiplanicie. Es un lugar de casas diseminadas y rodeadas de olivos, almendros, pinos, plantaciones de vides, cereales, ajos, garbanzos y cientos de conejos que horadan esta tierra blanda para construir sus madrigueras. También hay árboles autóctonos, muy duros, capaces de resistir sequías prolongando sus raíces hacia cualquier acumulación de humedad que huelan. Y también saben aguantar los inviernos fríos. Son de hojas pequeñas y resabiadas. Las gentes del lugar son toscas, de manos duras acostumbradas al trabajo. Donde vivo es un lugar habitual de segundas viviendas de clases trabajadoras, ya mayores, y que han usado sus ahorros para levantar una casita en medio del campo, con una piscina pequeña, bien de obra o de esas prefabricadas, para que los nietos puedan gritar y darse chapuzones los fines de semana, y tomar el Sol, y corretear y comer bocadillos de mortadela que nunca  acaban, entre risas, empujones y juegos nerviosos. Es por eso que muchas de las casitas lucen placas de cerámica, en las entradas de las verjas que las rodean, con leyendas como: nuestro refugio, la felicidad o nuestro sueño o el nido. 

Estos días nada de todo esto existe. No hay nadie a mi alrededor, sólo hay unas pocas casas habitadas, el resto son como grandes animales con los ojos cerrados. Deduzco que todos los demás habituales de estos lares, deben de estar en sus viviendas de la ciudad, encerrados, mirando por las ventanas y viendo el bloque de enfrente y hoy, con gotas de lluvia resbalando por los cristales. 

Tengo una sensación extraña de de aislamiento del mundo. Si no pudiera conocer lo que ocurre en él a través de Internet , la radio o la televisión, no hay nada a mi alrededor que me indique que está sucediendo ahí fuera. Esta sensación a veces me asusta, y otras me produce un gozo que se asienta en mí con una gran profundidad. No hay ruidos humanos, el de algún vehículo que, muy de tarde en tarde, recorre la carretera que transcurre a los pies de mi risco. No oigo voces ni conversaciones, ni chillidos agudos de niños. Lo único que escucho es el trinar de los pájaros, los de la zona: gorriones, abejarucos y grajillas.  Algunos de ellos anidan entre las tejas de mi tejado, y por las noches les escucho acomodándose antes de dormir. 

Ultimamente también he observado a una ardilla. Supongo que es la misma, pues no es habitual ver ardillas en esta zona, pero también pienso que tendrá hijos o si vivirán sus padres. La observé una mañana, recorriendo a saltitos cautelosos, la calle a la que da la entrada de mi casa, en la curva, yendo hacia la ladera donde abajo habitan los pinos. Acostumbro a salir a andar un ratito por esa esa calle y ayer, mirando hacia los pinos, pude verla de nuevo, saltando entre sus ramas. Me acordé de aquello que leí o que me contaron en el colegio de que este país podía ser recorrido de norte a sur por una ardilla, saltando de un árbol a otro , y sin tocar el suelo.  

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