Indio Sioux

por Fausto Lipomedes  -  19 Marzo 2020, 22:23  -  #cronavirus, #familia, #encierro, #confianamiento, #harto

Pues estoy harto del coronavirus. Bueno, no específicamente del bichito, sino de la situación que me ha creado. Mi hijo y su ahora mujer, no sé cómo cojones me camelaron para venir a pasarse aquí el obligado confinamiento que nos han impuesto desde el Gobierno. En total, llevamos no sé, seis días, quizás siete y, entre nosotros, estoy hasta los huevos de convivir con ellos. 
Vinieron porque me adujeron que se estaban volviendo locos en su minipisito de la ciudad y que no iban a ser capaces de soportar el encierro durante quince días. 
Bueno, ahora soy yo el que tiene el problema y no descarto echarles de casa y devolverles a la suya, sea del tamaño que sea. 
No sé convivir con gente, esa es la verdad, adoro mi soledad y para una circunstancia que me iba a permitir disfrutar de ella, va y se plantan estos dos consumidores de recursos y de planeta en mi casa. 
En realidad, y lamento decir esto de mi hijo, creo que su solicitud, la de venirse a mi casa, no deja de ser un tremendo egoísmo por su parte y, de la colega con quién ha decidido comprometerse, ni os cuento. En realidad, es ella la que me molesta. 
Creo que es mi derecho, y también el vuestro, que antes de que alguien os proponga algo, se ponga en vuestro lugar y prevea que te va poner en un compromiso, supongo que eso es el respeto hacia los demás. 
Yo nunca he creído en las pantomimas familiares y lo que estoy viviendo es una de ellas, el buen rollito de sonrisas falsas. Pero en el fondo (por sus actos les conoceréis) nosotros primero. 
Estos jóvenes sólo se ocupan de sí mismos. Bien para sí mismos, y están como enamorados de sí mismos. Viven en la autocomplacencia, y desde que se levantan, hasta que se acuestan, lo hacen conectados a sus dispositivos, a su música, a sus series. El colmo ha sido hoy, cuando he llegado a casa (de trabajar), y me los encuentro a ambos en la mesa de la cocina con sus platos de comida y con dos portátiles abiertos a la vez y viendo en uno de ellos (Rosita), una serie. Siento absoluto desprecio y supongo que debería contemporizar, pero a tomar por el culo, me es imposible no poner la cara de “estoy hasta los cojones de vosotros dos”. 
Me cruzo con mi nuera, que es una cabra loca de puta madre, con potingues en la cara. La pobrecita, que para mi gusto es una especie de rolliza vaca suiza con formas de mujer, se cree la reina de Java en cuanto a prestancia y belleza, y os aseguro que es lo antiatractivo. Es tan evidente, con su melena larga planchada y esos ojos de gata que a mí no me llaman nada la atención. 
Llegaron con setecientos kilos de comidas macrobióticas, y doscientos cuarenta y tres kilos de cremas, suavizantes, lociones, champús y lociones varias. 
Se extienden como una mancha de aceite, con altivez, van extendiendo su red amparándose en esto del respeto hacia los demás, pero sin respetar a nadie. 
Estos chicos que se asombran de que Amazon tarde tres días en llegar hasta MI CASA. Los desprecio. Putos consumidores, putos para mi el planeta y lo que te ocurra a ti me importa un cojón. Los borraría del mapa, sobre todo porque se creen inmunes en medio de esta crisis, por encima del bien y del mal, con sus culos rollizos aposentados en todas partes, con miedo a contraer enfermedad de pobres, de currantes. En fin, por mucho ejercicio que intente hacer de convivencia pacífica, el indio Sioux de pelo rapado, con plumas atadas con una cinta al cráneo, con hacha corta cabelleras en ristre, el puto indio Sioux asesino, acéchate entre los árboles del bosque, no deja de aflorar en mí. 

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