Luces sin sombra

por Fausto Lipomedes  -  27 Febrero 2020, 00:25  -  #urgencias, #sanidad

Y allí están, con pinta de cansados, con esa expresión corporal de agotamiento, con esa actitud de estar de vuelta de todo. Allí están, apoyados, recostados, casi colgados del mostrador de la recepción. Seguramente quejándose de lo mucho que trabajan, intercambiando lamentos con la recepcionista, que también se queja, suspirando ambos, resolviendo los problemas en silencio. Allí están, como vaqueros en la barra de una cantina, vaqueros que han visto de todo, hartos de acarrear reses y de luchar contra los indios en praderas polvorientas. Con sus uniformes amarillos, repletos de bolsillos y franjas reflectantes, con sus nomenclaturas escritas a la espalda y en los laterales de los brazos de sus uniformes, y con sus artilugios colgando por todas partes como revólveres de pistoleros en las películas del oeste. Allí están los servicios médicos de urgencias, agotados, arrastrados, aplastados por sus continuas quejas. Allí están, formando parte del decorado de una noche dominada por una rutina cansina y hastiada de sí misma, la rutina que viaja entre personas bajo una luz blanca y estridente, esa luz que no ilumina, que sólo es capaz de sacar brillos apagados de rostros doloridos, y más cansancio y el aburrimiento, y la incertidumbre, y las preguntas sobre el sentido de la vida, el encuentro inexorable con el final, que bien que sea ajeno. El moribundo siente pánico a lo desconocido, quien queda aquí sólo pena, pues tenemos esa habilidad tan necia de sentirnos inmortales. Y todo lo baña esa luz blanquecina que no sabe crear rincones oscuros, ni de sosiego, ni de descanso, esa luz plana, tediosa, rectilínea, esa luz sin personalidad alguna, sin tono ni calor. Y a la mañana siguiente aparece él, el rarito. Es un niño bueno, y le observo tan ajeno a todo, y le oigo tan silencioso, tan concentrado en sí mismo, que resulta inaccesible. 
 

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